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Fue la ultima pascua y a la vez la primera cena.  Segun puedo leer los detalles de esta pascua, fue muy importante para el. Jesus fue cuidadoso en los detalles. Jesus es milagroso, pero no milagrero. Tanto el burrito en el cual entro en Jerusalen, como este aposento alto en el cual quiso reunirse con sus discipulos, Jesus fue cuidadoso en preveerlos. Los dueños del burrito no conocian a los dos discipulos que fueron a desatarlo, pero cuando estos le dijeron que Jesus lo necesitaba, y luego lo devolverian, ya sabian del asunto y le dieron el pollino. El dueño del aposento alto no conocia tampoco a Pedro y a Juan, pero cuando ellos le dijeron que Jesus necesitaba un local, el sabia del asunto, y los subio al aposento que ya esta dispuesto para ese fin. Ese dia Jesus partio el pan y les repartio a todos diciendoles “esto es mi cuerpo…..” despues sirvio el vino y les repartio a todos diciendoles “esto es mi sangre del nuevo Pacto….” Aquella pascua judia estaba dando a luz el sacramento de la cena dado a la iglesia.

La circuncision y la pascua eran los sacramentos de la iglesia del A.T. El bautismo y la cena son los sacramentos de la iglesia del N.T. Todos son simbolos y sellos del Pacto de Dios. Las diferencias de estos sacramentos son externas y estan sujetas al cumplimiento del tiempo que Dios quiso usarlas, pero el principio espiritual que las sostiene es el mismo. Ellos comian la pascua, nosotros la cena, pero tanto ellos como nosotros nos alimentamos del mismo pan que descendio del cielo. Ellos se circuncidaban, nosotros nos bautizamos, pero tanto ellos como nosotros somos circuncisos de corazon por el mismo Espiritu. Tanto ellos como nosotros comemos del mismo pan espiritual que es Cristo, y bebemos la misma bebida espiritual la cual tambien es Cristo. La Iglesia es una sola, con un solo Señor, una sola fe, y una misma esperanza.

Los sacramentos dejados por Jesus a la iglesia son ceremonias sencillas, con elementos sencillos, pero con un contenido espiritual muy profundo que nos lleva hasta detenernos ante la puerta del misterio de Dios. El bautismo es derramar un poco de agua sobre la cabeza del creyente. La cena es comer juntos una porcion de pan, y beber un sorbo de vino, pero el significado y contenido espiritual que ambos llevan nos dejan casi perplejos cuando los comprendemos hasta donde se nos ha dado.

Esta entrada es el comienzo de tratar la cena del Señor en todo su significado y profundidad espiritual.

Tenemos que ir a la Reforma porque fue alli que se replanteo la doctrina. Hubo cuatro interpretaciones principales que se dieron al acto sacramental de la cena del Señor.

1.- Transustanciacion. Esta interpretacion de la cena plantea que el pan y el vino se transforman literalmente en el cuerpo y la sangre de Jesus. Es sostenida principalmente por la iglesia catolica romana.

2.- Consustanciacion. El pan y el vino siguen siendo elementos fisicos, pero el cuerpo de Cristo esta en el pan, y la sangre esta en el vino. Es sostenida mayormente por iglesias luteranas. Fue la interpretacion de Martin Lutero.

3.- Ordenanza simbolica. El pan y el vino son solo elementos fisicos simbolicos. La cena es vista como una ordenanza, no como un sacramento. Los simbolos solo son representativos al mundo, funciona igual que si un creyente en Jesucristo llevara una gorra puesta que dijera: “Jesus es mi Salvador”. Esta interpretacion fue la de Ulrico Zwinglio.

4.- Presencia real. El pan y el vino son simbolos sacramentales, no son transustanciales, ni tampoco consustanciales, ni tampoco meros simbolos sin ningun otro valor. En la cena hay presencia real e invisible de Cristo. Esta interpretacion fue dada por Juan Calvino.

En la ciudad de Marburgo, 1529, se convoco una reunion entre Lutero y Zwinglio como un intento de aunar criterios en cuanto a la cena. En dicha reunion Lutero aferrado al literalismo de la Escritura, tomo una tiza y escribio en la mesa “HOC EST ENIM CORPUS MEUM” (esto es mi cuerpo), y aquel encuentro entre los reformadores termino sin unidad de criterios en cuanto a la presencia de Cristo en la cena. Zwinglio decia que era imposible que el cuerpo de Cristo estuviera presente en varios lugares al mismo tiempo, Lutero decia que sí, que Cristo se hacia presente en el fiel que comulgaba. Zwinglio decia que el pan y el vino eran solo simbolos. Lutero decia que el cuerpo de Cristo estaba “en, con y bajo el pan y el vino”. No hubo unidad de criterios, como tampoco la sigue habiendo.

Considero que la mejor interpretacion dada en la Reforma a esta doctrina fue la de Juan Calvino, comunmente conocida como ‘presencia real’. El cuerpo de Cristo no es el pan ni el vino, como tampoco esta con ellos, ni bajo ellos. Quiero compartirles mi opinion sobre la interpretacion de la cena segun la vision de Calvino.

EN CUANTO AL CUERPO  Y LA SANGRE DE CRISTO

Sin duda, Jesus quiso que el pan simbolizara su cuerpo, y el vino su sangre. El cuerpo de Cristo fue puesto en el sepulcro despues de morir en la cruz, pero Jesus resucito con su propio cuerpo, pero no el mismo cuerpo. Su cuerpo fue transformado, y en ese mismo cuerpo fue que ascendio a las mansiones celestiales a sentarse a la diestra del Padre. La expresion “esto es mi cuerpo” indica que el pan simboliza su cuerpo, porque evidentemente un pedazo de pan ni es, ni contiene la carne de Jesus. El mismo dijo que era el pan que descendio del cielo, pero se entiende que es sentido figurativo. (leer Juan 6: 33-35).

El cuerpo de Cristo antes de resucitar estaba animado por la sangre, igual que el cuerpo de todos los seres humanos. El tuvo nuestro mismo cuerpo (leer Hebreos 2:14), y participo de sangre igual que todos. El cuerpo de la resurreccion no esta animado por sangre, sino por el Espiritu. La sangre esta relacionada con el pecado, y Jesus fue claro cuando dijo que el vino era su sangre la cual IBA A SER DERRAMADA por el pecado de muchos (leer Marcos 14:24). El vino representa la sangre que da vida, y el pan representa el cuerpo de Cristo que esta arriba, a la diestra del Padre. La cena tiene que ver con el cuerpo de Cristo, El mismo lo dijo: “esto (el pan) es mi cuerpo”. Cristo permanece hoy tal y como ascendio a los cielos, con su cuerpo de resurreccion, el mismo cuerpo con el que vendra por segunda vez. Cuando hablamos del cuerpo de Cristo, tenemos que entender que Cristo no puede estar en todos los lugares al mismo tiempo, y la cena trata del cuerpo de Cristo. En El estan presentes las dos naturalezas, y cuando hablamos del cuerpo hablamos de su naturaleza humana. Cuando Jesus estaba en la tierra, el Hijo nunca dejo el cielo (leer Juan 1:18) asi mismo ahora que Jesus esta en el cielo, el Hijo esta presente en todo lugar. Cuando hablamos del cuerpo de Cristo no podemos pensarlo en todo lugar, porque esta a la diestra del Padre, y la cena habla del cuerpo de Cristo.

EN CUANTO AL SACRAMENTO COMO MEDIO DE GRACIA.

Tanto el bautismo como la cena son medios de gracia. Un medio de gracia es el cual nos garantiza que nos son conferidas bendiciones espirituales, tal y como nos muestran sus simbolos externos. Tal como cae el agua sobre la cabeza del creyente, asi mismo se derrama el Espiritu Santo sobre esa vida. Asi como el pan y el vino son comidos y tomados para sustentar nuestro cuerpo, el cuerpo de Cristo nutre nuestra alma y nos sustenta espiritualmente. Si no hay fe, el acto sacramental mismo no confiere ninguna bendicion, pero es prenda de garantia de la bendicion para los que creen.

Asi como Cristo llevo en su cuerpo de resurreccion la prenda, o garantia de nuestra resurreccion hacia el cielo, asi mismo El nos dejo el bautismo y la cena, como prendas, o garantias de que la regeneracion y el sustento espiritual de nuestra alma estaban asegurados. Por el bautismo nacemos sacramentalmente a la vida que otorga Cristo y por la Cena del Señor esa nueva criatura es alimentada para vida eterna.

Confundir el sacramento con la bendicion espiritual misma es hacer violencia a la Palabra de Dios. La representacion nunca es lo representado, pero estan estrechamente identificados porque comunican una seguridad espiritual. Es por eso que el pan se le llama “el cuerpo de Cristo”, debido a que asi fue como Jesus lo llamo, “ESTO (el pan que sostenia en su mano) ES MI CUERPO….” (leer Mateo 26:26), pero no se puede entender literalmente como hizo Roma, o consustancialmente como hizo Lutero. El agua se derrama, porque el Espiritu se derrama. Comemos del pan asi como nuestra alma se alimenta del cuerpo de Cristo. Bebemos del vino, porque en ello se recuerda que la sangre fue derramada por nosotros. Asi como el pan sacia nuestra hambre, el cuerpo de Cristo sacia nuestra hambre espiritual. Asi como el vino sacia nuestra sed, la sangre de Cristo sacia la sed de nuestra alma.

El error de Lutero estuvo en interpretar literalmente que en el pan estaba el cuerpo de Cristo. El no pudo despojarse totalmente de la idea romana de la transustanciacion, y aunque sabia que el pan no era la carne de Cristo, de “alguna manera” para el, el cuerpo de Cristo tenia que hacerse presente en el pan, y por eso dio paso a la consustanciacion. Para Lutero, el cuerpo de Cristo estaba “en, con y bajo el pan”. Zwinglio iba por buen camino en su analisis, pero su error estuvo en no terminar de analizar la doctrina, y se fue por lo mas facil: mero simbolismo. El decia que el cuerpo de Cristo no puede estar en todo lugar al mismo tiempo, e iba bien en su analisis, pero no siguio. Lutero y el nunca se pusieron de acuerdo. Fue Calvino quien termino de consolidar esta doctrina en su analisis doctrinal de la ‘presencia real’. Calvino decia que Cristo estaba realmente presente en la cena, de forma invisible pero presente.

LO QUE CALVINO DIJO, CASI SIN DECIRLO.

Juan Calvino fue el exegeta de la Reforma. No seria un gran orador, pero fue un hombre iluminado por Dios para interpretar la doctrina. Calvino se adelanto en el tiempo. El hizo analisis doctrinales muy avanzados para la epoca en que vivio. Pero no fue Calvino, fue el Espiritu de Dios quien ilumino a este hombre para darle a la iglesia una ventana de luz. La profundidad de Calvino estaba en la sencillez de su analisis. Calvino en su obra dice mucho, pero explica lo necesario. Calvino escribia sabiendo que sus letras serian comprendidas por gente del Espiritu. Calvino da los ingredientes, muestra donde esta la cocina, pero nos toca a nosotros hacer el pastel. No se si fue sabiendo, o sucedio sin saber, pero los escritos de Calvino son parecidos al Apocalipsis en lo de tener su escritura un poco encriptada. Para mas ironia de la historia, Calvino nunca comento el libro de Apocalipsis porque decia el que no lo entendia, sin embargo, sus escritos en ese sentido son un tanto encriptados tambien. Yo personalmente no creo que Calvino no entendiera el Apocalipsis. Creo que los motivos de Calvino al no comentar Apocalipsis fueron otros……pero no viene al caso ahora desviarnos en eso.

¿Como es posible que el cuerpo de Cristo este presente en la cena de forma real e invisible? Calvino sabia lo que estaba diciendo. Lo que nos pasa a nosotros es que siempre hemos buscado interpretar la cena del Señor bajando a Cristo del cielo y trayendolo a nosotros. Cristo esta arriba, sentado a la diestra de Dios, El no va a bajar hasta su segunda venida, pero mientras eso sucede, nosotros los creyentes comemos su carne y bebemos su sangre, pero para hacerlo, El no viene a nosotros, sino que nosotros vamos a El.

Tal como se nos es ofrecido el pan y el vino aqui en la tierra, ASI MISMO, se nos da a comer el cuerpo del Señor. Hay presencia real e invisible del cuerpo de Cristo, pero El no baja a nosotros, sino que nosotros, de forma espiritual subimos a El. Por eso nos dice la Escritura que ya nosotros hemos sido sentados con El en las mansiones celestiales (leer Efesios 2:6).

Antes de la encarnacion del Hijo, hubo diferentes momentos en el A.T en que el Hijo de Dios (segunda entidad trinitaria) se hizo presente en la tierra, es lo que se conoce con el nombre de ‘teofanias’. Asi mismo, nosotros, antes de subir definitivamente a nuestra ciudad celestial, ya hemos subido varias veces. El apostol Pablo es testigo de que se sube. El no sabe con detalles como fue, pero el sabe que subio y que oyo cosas (leer 2Corintios 12: 2-4) Asi mismo Cristo subio a los cielos llevando en su cuerpo la prenda de nuestra resurreccion, porque asi como el resucito en ese cuerpo, nosotros tambien resucitaremos. Debido a eso, nosotros podemos subir, sentarnos con El, y alimentar nuestra alma de su sustancia. La seguridad y la garantia de eso, es la cena. No podemos ver con nuestros ojos eso que ocurre, pero cuando de una forma real comemos del pan, y bebemos del vino, asi mismo esta ocurriendo alla arriba nuestra alimentacion espiritual. Una cosa representa la otra. Cristo se nos es ofrecido asi como se nos ofrece el pan y el vino.

Vean como Calvino dice esto mismo:

“Les parece que Cristo no esta presente con nosotros si no desciende a nosotros. Como si al elevarnos hasta El, no nos hiciera tambien gozar de su presencia. Por tanto, nuestra controversia y diferencia es solo en cuanto al modo. Ellos ponen a Cristo en el pan, nosotros decimos que no es licito hacer descender a Cristo del lugar que ocupa en el cielo […..] Porque dado que este misterio es celestial, no es necesario que Jesucristo, sea traido aqui abajo para que este unido a nosotros”  Intitucion IV, XVII, 31

Estamos en presencia de uno de los misterios mas grandes que existe en la manifestacion de Dios a su Iglesia. En Cristo el Reino de los cielos se ha acercado, y eso implica un intercambio entre el cielo y la tierra. En Cristo se une el cielo con la tierra. Eso lo vio Jacob en su sueño de Betel como veia una gran escalera por donde bajaban angeles del cielo a la tierra y subian. El que subio al cielo fue el que descendio del cielo, y nosotros no podemos bajarlo de alli cada vez que comemos del pan y bebemos de la copa. Somos subidos a El y alli alimentados. Lo que ahora no ven nuestros ojos, un dia lo veremos, pero el hecho de que no lo veamos no quiere decir que no ocurre. En el bautismo nos provee de una nueva vida, y en la cena nos alimenta fielmente. Su cuerpo es verdadera comida, y su sangre es verdadera bebida, por eso tenemos vida eterna en El. (leer Juan 6: 54-55)

Calvino entendio lo que sucede, pero no pudo explicar como sucede, porque es un misterio de la fe. El mismo Calvino reconoce su incapacidad de entender completamente esto, leamos sus propias palabras:

“….no tengo inconveniente en confesar que es un misterio tan profundo que ni mi entendimiento lo puede comprender, ni acierto a explicarlo con palabras. Y para decirlo mas claramente: mas bien lo experimento que lo entiendo, por eso, para no alargar mas esta disputa yo adoro y abrazo la promesa de Jesucristo en la cual podemos descansar. El declara que su carne es el sustento de nuestra alma, y su sangre nuestra bebida. Yo le ofrezco mi alma para que la sustente y mantenga con este alimento. El ordena que en su cena reciba su cuerpo y su sangre bajo los signos del pan y del vino, me manda que lo coma y que lo beba. Yo por mi parte no dudo, sino creo que verdaderamente me lo da y que lo recibo.”  Institucion VI, XVII, 32

TAL COMO EL PAN, TAL COMO EL VINO.

Los simbolos representan la realidad, es por eso que tal como el pan alimenta nuestro cuerpo, el cuerpo de Cristo alimenta nuestra alma. Se nos hace participes, de forma sacramental, de su carne de su sangre, y de sus huesos (leer Efesios 5:30). Asi como el vino nos conforta y nos alegra, asi mismo la sangre de Cristo al quitar nuestro pecado nos llena de gozo. La sangre esta relacionada con el pecado, pero la sangre de Cristo no tuvo pecado. Por eso nos limpia y nos llena de gozo. La administracion del sacramento de la cena debe hacerse con toda solemnidad, no porque adoramos a Cristo en el pan, ni nos arrodillamos ante la copa de vino, sino por lo que este acto y estos elementos representan. Segun la enseñanza de la Palabra de Dios, la cual Calvino interpreto y enseño de acuerdo a toda la teologia reformada, el cuerpo de Cristo esta presente realmente en el sacramento de la cena, no en el pan, no con el pan, no bajo el pan, pero presente; y no es porque El venga a cada iglesia donde se celebra, sino porque los creyentes somos subidos a El por el Espiritu a traves de la fe, y alli junto a El comemos su carne la cual es verdadera comida, y bebemos su sangre, la cual es verdadera bebida. “Alli donde este el cuerpo muerto, se juntaran las aguilas”(leer Mateo 24:28)

EN CUANTO A LOS PARTICIPANTES Y EL SIGNIFICADO.

He visto muchas veces que llegada la hora de repartir la cena, algunos hermanos de la iglesia se levantan y salen en silencio del templo. He visto tambien que otros permanecen en el templo, pero cuando se les ha ofrecido el plato de los elementos han hecho un signo de negacion con la mano al diacono para que siga de largo hacia otros hermanos. No han querido participar de la comunion de la cena. He visto tambien a un diacono privarle de tomar la cena a un miembro de la iglesia que ha estado en algun tipo de disciplina temporal, el cual ha querido tomar los elementos, pero el diacono entiende que ese hermano no debe tomar la cena, por lo tanto, le niega los elementos. He visto muchas cosas en la iglesia, y creo que todavia me falta.

Los hermanos que se abstienen de tomar la cena debido a que entienden no son dignos de tomarla, ya sea por alguna falta que cometieron, o algun pecado, con su abstinencia solo estan diciendo QUE VAN A SEGUIR COMETIENDO ESE PECADO, Y NO SE ARREPIENTEN DE EL. La cena del Señor no es para los angeles del cielo, ni para hombres perfectos. La mesa del Señor se sirve para pecadores que van camino a la gloria. La cena del Señor es la oportunidad de hacer una parada en nuestra vida, reconocer nuestros pecados y arrepentirnos de ellos. No hay por que no tomar la cena por algun pecado, porque precisamente el cuerpo y la sangre de Cristo fueron ofrecidos por el pecado. Los hermanos que se quedan en el templo pero se niegan a participar de la cena estan haciendo desprecio del banquete de Cristo. Alejarse de la Mesa del Señor es alejarse del Señor de la Mesa, por eso Cristo nos manda diciendo “tomad, comed” y “tomad, bebed”, y eso lo dice imperativamente. El que entra a un banquete y se sienta es porque va a participar de el. Pero si llegado el momento de comer, no come nada, se toma como desprecio al anfitrion. Cualquiera sea el caso, los que se levantan y se van, siendo parte de la iglesia, estan despreciando la invitacion a la mesa del Señor; y los que se quedan y no participan tambien hacen desprecio porque si se quedan es porque se cuentan dentro de los invitados, y al no participar hacen gran desprecio a lo que se les ofrece con bondad y liberalidad. Lo comun en ambos casos es que se abstienen por pecados o faltas, pero su negativa a tomar la cena esta diciendo que no quieren arrepentirse de eso, y todavia permaneceran en esa falta, perdiendo la oportunidad que les da el Señor de reconocer, arrepentirse y apartarse del mal.

Los que se abstienen de la mesa del Señor, sea yendose, o no participando, no entienden que el sacramento ha sido dado a la iglesia precisamente para crecer en santificacion, renunciando al mal y confiando en ser recibidos por Cristo para una comunion mas intima. El que renuncia a la mesa del Señor por pecados, debe tambien renunciar a cualquier otro cargo o desempeño que tenga dentro de la comunidad de fe. Quien no se ve digno de la mesa del Señor, tampoco debiera ministrar en Su Nombre. Pero el Señor prepara su mesa y nos invita con bondad a ella, esperando que nos arrepintamos y renunciemos a nuestros errores, no que lo dejemos plantado.

Un diacono no puede privar ni negar el pan y el vino a ningun hermano, bajo criterio y juicio propio. Los diaconos sirven, no gobiernan. Eso es potestativo de los ancianos o presbiteros de la iglesia. Si alguien es miembro de la iglesia y  no fuere trigo, sino cizaña, pero esta pasando como trigo, un diacono, u otro hermano no tienen derecho a privarle del pan y el vino segun su propio criterio. Si fuere falso, solo estara comiendo un pedazo de pan y bebiendo un sorbo de vino que caeran en su estomago. La bendicion del sacramento no le alcanzara, asi como la lluvia cae encima de una roca y resbala por ambos lados sin entrar en su interior. No se nos ha mandado a detectar escogidos, sino a tener comunion unos con otros. No hagamos el papel de Dios.

Debido a la clara enseñanza sobre el sacramento de la cena que aparece en 1Corintios 11, considero que los ministros oficiantes deben hablar claramente a la congregacion presente en ese momento sobre quienes son los que recibiran la bendicion del sacramento, y quienes no. Debe hacerlo de forma clara y entendible. Hay como una tendencia a no hacer sentir mal a los visitantes, o a los que no son miembros de la iglesia que estan dentro de los presentes en el momento de la cena, pero la iglesia debe ser clara en lo que enseña, no dando oportunidad que alguien excuse su proceder porque no fue enseñado correctamente. De todas formas, la cena del Señor no es un banquete material sino espiritual, y se disfruta en el espiritu.

Asi como en el A.T para participar de la Pascua habia que estar circuncidado, se requiere que ahora los que participen del Cordero pascual en la mesa del Señor, esten bautizados. La circuncision y el bautismo son signos de entrada y pertenencia al pueblo del Pacto. La Pascua y la cena del Señor son signos de la redencion y la permanencia dentro de dicho pueblo. La circuncision y el bautismo son un inicio. La pascua y la mesa del Señor son la permanencia.

Cuando profundizamos en el sentido y verdadero significado de estos sacramentos, ni el bautismo ni la cena continuan siendo lo mismo para nosotros. Lo digo por mi, que despues que entendi estas cosas, mi espiritu se inquieta cuando veo a un nuevo creyente dentro de un bautisterio, y cuando veo salir en silencio a un hermano sin participar de la cena del Señor.

Un breve analisis del Paedobautismo (2da. parte)
La primera parte de este artículo consistió principalmente sobre el análisis del argumento hermenéutico respecto al bautismo de infantes. El argumento hermenéutico enfatiza la necesidad de examinar TODAS las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento cuando abordamos el tema del bautismo.
En esta segunda parte estaré examinando el segundo argumento usado para respaldar el bautismo de infantes el cual he titulado:

2. El argumento bíblico-teológico: ¿Cómo debemos interpretar la historia redentora?

A simple vista, pareciera ser que la postura Reformada no apela en primer lugar a las Escrituras para sustentar la práctica del bautismo de infantes. Pero esta conclusión solo puede ser sostenida si desconocemos o si no estamos familiarizados con los argumentos presentados sobre la historia de la redención la cual tuvo sus inicios no el Nuevo Testamento, sino en el Antiguo. Por lo tanto, para poder comprender las bases bíblicas y teológicas que sustentan al bautismo de infantes, debemos examinar la historia redentora no partiendo del Nuevo Testamento, sino comenzando donde las Escrituras comienzan: con la caída del hombre en pecado y la promesa de redención en Génesis 3:15.
Sin lugar a dudas, uno de los aspectos más sorprendentes de la teología Reformada es su consistencia al abordar TODAS las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Por esa razón, la teología Reformada no apela a dos o tres versículos en el Nuevo Testamento para formular y defender tanto la doctrina como la práctica del bautismo. Tal sistema teológico ve una conexión orgánica entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (tal como ya lo he demostrado en la primera parte) y una relación indivisible entre el pueblo de Dios del AT y el pueblo de Dios del NT. Tan solo estas características nos deberían impulsar a sentir un profundo respeto por dicha teología, independientemente de si estamos de acuerdo o no con las conclusiones a las que llegan los teólogos Reformados.
El Pacto con Adán en el jardín del Edén
La teología Reformada enseña que Dios hizo un pacto con Adán después de haberlo creado. Oseas 6:7 nos habla de ese pacto de la siguiente manera: “Pero ellos, como Adán, han transgredido el pacto; allí me han traicionado” (LBLA). Ese pacto conocido como “el pacto de obras” fue hecho también con la humanidad en general representada en Adán. Este Pacto de obras lo vemos establecido en Génesis 2:15-17. Aunque algunos teólogos reformados difieren sobre lo apropiado del título “el pacto de obras” y algunos prefieren llamarlo como “el periodo de prueba” y otros como “el pacto de vida”, sin embargo todos están de acuerdo en que Dios deja al descubierto con estas palabras la relación CONDICIONAL entre Él y la humanidad entera representada en Adán antes de la caída, prometiéndoles VIDA a cambio de su obediencia, pero MUERTE si ellos llegaban a desobedecerle.
No se puede negar el hecho de que Dios hizo un pacto con Adán cuando lo creó y lo puso en el huerto del Edén para que lo cuidara y lo labrara. Por medio de ese pacto el Señor puso de manifiesto su cuidado por la creación, dándole a Adán la responsabilidad de ser el líder de su familia y de la sociedad en la que vivía. Adán no solamente se representaba a sí mismo, sino que era el representante de su propia familia y de toda la raza humana. Como cabeza de la raza humana, Adán es nuestro representante en todo. Si él le obedecía a Dios nosotros le obedecíamos también, pero si él le desobedecía, también nosotros le desobedecíamos. Cuando él falló en cumplir con el mandamiento de Dios y quebrantó el pacto entre él y Dios, no solo él experimentó las consecuencias de esa desobediencia, sino también su familia y toda la raza humana.
John M. Frame nos da algunos importantes detalles del significado que tiene el pacto de obras:
“¿Por qué es importante este ‘pacto de obras’ para nosotros en la actualidad? Primero, porque podemos vernos a nosotros mismos como transgresores del Pacto con Adán (Isa. 24:5). En Adán, nosotros fallamos la prueba también y no tenemos cual ninguna esperanza de salvarnos por medio de nuestras obras. Pero en donde fallamos con Adán, Cristo gloriosamente obtuvo la victoria. El obedeció a Dios de manera perfecta y puso su vida como un sacrificio para compensar por nuestra desobediencia. Lo único que somos en nosotros mismos es transgresores del pacto, pero en Cristo somos cumplidores. Al pensar acerca del pacto de obras, podemos aprender que Dios demanda cierta perfección que no podemos obtener; que Jesús obtuvo esa perfección y que en él nuestra salvación es completa. Jesús hizo en nuestro lugar todo lo que el Padre le mandó. Así que, nada puede separarnos de él o del Padre” (John M. Frame, “Salvation Belongs to the Lord”, p. 119, P&R 2006).
Por lo tanto, Adán era por así decirlo, el representante federal de todos los que se encontraban bajo su autoridad en ese pacto con Dios. Y debido a que Adán se convirtió en un transgresor del pacto, Dios pronunció ciertas maldiciones sobre el orden creado (Génesis 3:14-19). Al violar el pacto con Dios, Adán quedó bajo las maldiciones de ese pacto. Adán no solo era el responsable de cuidar de su esposa, sino también era el representante oficial de TODA la humanidad. Si Adán obedecía a Dios, todos los seres humanos seríamos considerados obedientes, pero si Adán desobedecía, todos seríamos considerados desobedientes y transgresores. Cada día que Adán y Eva veían el árbol de la ciencia del bien y del mal, recordaban claramente las palabras de Dios sobre los resultados de la obediencia y la desobediencia. Pero Adán y Eva desobedecieron. La desobediencia de Adán como el representante federal, trajo como resultado la caída en pecado de TODA la humanidad y dejó al descubierto que el ser humano (aún en su estado prístino) no pudo cumplir con los mandamientos de Dios bajo ese pacto.
Sin embargo, aunque Adán lo único que merecía eran las maldiciones del pacto por su desobediencia, Dios mostró Su gracia al establecer un nuevo pacto con él y prometer un redentor (Génesis 3:15). Ese pacto de gracia fue puesto en operación inmediatamente después de la caída, el cual proveía redención a las criaturas pecadoras. No solo eso, sino que en ese pacto se encontraba incluida la promesa de que Jesucristo, quien es la simiente de la mujer, sería quien finalmente le aplastaría la cabeza a la serpiente y redimiría a los pecadores, a sus familias y a sus respectivas sociedades.
John M. Frame comenta que “Dios hizo dos pactos con Adán: el pacto de obras antes de la caída y el pacto de gracia después de ésta. Dios pronunció maldiciones sobre la serpiente, la mujer, el hombre y la tierra. Pero entre esas maldiciones pronunciadas, también había promesas de bendición. Dios no les quitó la vida inmediatamente a esa desobediente pareja, tal como era de esperarse, sino que les dio muchos años de vida….La gracia de Dios continuaba. Durante el resto de sus vidas y las de sus descendientes, ellos serían alimentados por medio de su trabajo en la tierra. Aún cuando el trabajo de Adán sería más laborioso debido a los cardos y espinos, de todas maneras sería exitoso. Cosecharía frutas, granos y aceite para su propio sustento y el de su familia. Y también tendrían hijos. Dios no solo les permitió vivir a Adán y Eva, sino que también los capacitó para tener hijos dándoles vida a sus hijos y a los hijos de sus hijos….Uno de esos hijos sería muy especial, quien le aplastaría la cabeza a la serpiente (Gen. 3:15). Él no solo viviría, sino que derrotaría a la muerte en su mismo origen. Esta es la promesa de Jesús, el Redentor y Mediador”. (John M. Frame, op.cit, p. 122).
El Pacto de Gracia: un solo Pacto, pero distintas administraciones
La fe Reformada enseña que después de la caída en pecado, Dios tuvo a bien el hacer un segundo pacto con Adán al que se le conoce como “el pacto de gracia”. Este “pacto de gracia” fue iniciado inmediatamente después de la caída y se extiende hasta las últimas páginas del Nuevo Testamento. La teología Reformada ha entendido correctamente que el principio gobernante tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, es la gracia de Dios en Cristo. La Confesión de Fe de Westminster dice que “no existen por lo tanto dos pactos de gracia, quienes difieren en sustancia, sino solo uno bajo distintas administraciones”(WCF 7.6 énfasis añadido).
Aunque en el Antiguo Testamento encontramos varios pactos realizados con distintas personas, la fe Reformada afirma que no son pactos distintos, sino un mismo pacto de gracia el cual vemos a través de todas las Escrituras y a través de la historia redentora. Lo único distinto en este pacto de gracia, son las diferentes administraciones. Estas diferentes administraciones pueden ser vistas en el pacto con Adán, con Noé, con Abraham, con Moisés, con David y con Jesucristo en el Nuevo Pacto.
Robert R. Booth explica este concepto de la siguiente manera:
“Cada una de esas administraciones fueron edificadas sobre y expandieron la revelación de la misma promesa de redención. En Efesios 2:12 se nos dice que los gentiles eran “ajenos a los pactos de la promesa”. Notemos que Pablo se refiere a solamente una promesa y a una pluralidad de pactos, los cuales administraban esa promesa. El pacto de la promesa es igual que la Constitución de los Estados Unidos, en el sentido que también debe ser administrada. Existe un pacto (o Constitución), pero existen varias administraciones a través del tiempo. Las administraciones del Pacto son similares a las distintas administraciones presidenciales, en donde cada una administra a la misma Constitución. La Constitución trasciende a las distintas administraciones presidenciales. Aunque cierta clase de enmiendas pueden ser legalmente realizadas a la Constitución bajo una administración en particular, la Constitución permanece en su legítimo lugar. No vemos una nueva Constitución cada vez que cambia la administración” (Robert R. Booth, op. cit. p.34, énfasis añadido).
El tema de si existe un solo pacto con distintas administraciones (tal como es sostenido por la teología Reformada), o si existen diferentes pactos independientes el uno del otro (tal como es sostenido por la teología Dispensacional), tiene que ver profundamente con la doctrina y práctica del bautismo. Una vez más, Robert Booth explica en qué consiste esto:
“La pregunta de si existe o no un solo pacto de gracia que se extiende a través de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, es central en el debate sobre el bautismo. Calvino observó que si el bautismo de infantes llegaba a ser anulado, entonces la continuidad del Antiguo Pacto con el Nuevo Pacto tendría que ser también anulada. John Gill el famoso Bautista inglés, se atrevió incluso a negar que el pacto con Abraham ¡fuera un pacto de gracia! Gill dijo:‘Ahora, que este pacto [el pacto con Abraham] no fue un pacto de gracia en su pureza, distinto al pacto de obras, sino mas bien un pacto de obras, quedará patentemente demostrado; y si es así, entonces el principal fundamento para el bautismo de infantes es destruido’. Gill afirmaba que el pacto de gracia mencionado en Gálatas 3 se refiere al pacto de Dios con Abraham en Génesis 12, pero no a su “pacto de obras” de Génesis 17. La clara enseñanza sobre la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, ha llevado a algunos Dispensacionalistas y Bautistas a “inventar” un segundo pacto con Abraham, uno que confirme su sistema de pensamiento. Pero la Biblia está unida en su presentación respecto al plan redentor de Dios. El Señor ha sido fiel en cumplir con su plan de una manera inquebrantable, mostrando su preocupación redentora por los individuos, las familias y la sociedad. Ya que cada una de estas áreas de la vida humana fueron desastrosamente afectadas por la caída, Dios se propuso redimir a cada una de esas áreas de una manera gloriosa. Cada administración de los pactos desempeñó un papel esencial en llevar a su cumplimiento el plan magnificente de Dios de redimir a los pecadores”(Robert Booth, op. Cit. p. 34,35 énfasis añadido).
Dios no solo hizo una promesa de redimir a sus criaturas caídas, sino que además instituyó ciertas ceremonias las cuales simbolizaban esa redención que tendría lugar con el cumplimiento de la promesa la cual es Cristo. Dios no solo hizo un pacto con Adán, sino también con Noé, con Abraham, con Moisés y con David. Dios también proveyó ciertas “señales” las cuales les recordarían de Su promesa sobre un redentor quien finalmente sería revelado como el Mediador de ese Pacto. Cuando la promesa tuvo finalmente su cumplimiento en la Persona de Cristo, las “señales” previamente establecidas no fueron descartadas, sino que tomaron un nuevo uso y significado. Esas señales fueron la celebración de la Pascua y el rito de la circuncisión en el AT y el bautismo y la Cena del Señor en el NT.
Estaremos examinando esas “señales”, su respectivo significado y su estrecha relación en ambos Testamentos en la tercera parte de este artículo.
Daviel D’Paz

Este estudio es la primera parte de una serie sobre el tema que desarrollo el pastor bautista reformado Daviel d’ Paz en su blog  “SIEMPRE REFORMANDOSE”. Creo que es enriquecedor sobre este tema tan desconocido, como criticado por muchos creyentes que no entienden todavia que nuestros hijos son parte de la iglesia. Es nuestro deseo y oracion que todos los escritos que hemos hecho sobre este tema, y estos que ahora tambien publicamos en nuestro blog, traigan luz a los hermanos en su busqueda y entendimiento de la voluntad de Dios.

SOLI DEO GLORIA!

“Escogido por Gracia” Administrador de Iglesiando.

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Un breve analisis del Paedobautismo (1ra. parte)

Introducción
Uno de los “slogans” que fue acuñado y popularizado por los Reformadores en el siglo XVI fue “ecclesia reformata, semper reformanda” (Iglesia Reformada, siempre reformándose). En el corazón de este “slogan” se encuentra la idea de que la obra de la Reforma no terminaba con ellos, ni mucho menos que dicha labor ya se encontraba concluida. Los Reformadores estaban en lo correcto al pensar que la obra de la reforma era algo que debía seguir, aún cuando ellos ya no estuvieran en esta tierra y no pudieran continuar con tan noble tarea.
Otro de los importantes “slogans” que ellos popularizaron fue: “sola scriptura, tota scriptura” (Solo las Escrituras y todas las Escrituras). Los Reformadores fueron creyentes que deseaban volver a las Escrituras como la única fuente de autoridad en cuestiones de fe y moral, contrario a las enseñanzas de Roma. Pero nunca desearon instituirse ellos mismos como una segunda fuente de autoridad a la par de las Escrituras, pues reconocían que eran seres humanos falibles, sujetos a errores y equivocaciones. Es debido a estos dos slogans que tuvieron su origen en la época de la Reforma, que todo creyente debe estar consciente que la iglesia militante seguirá reformándose. Esto no significa que la iglesia va a aceptar nuevas doctrinas y revelaciones que no fueron aceptadas por ellos, sino más bien, que la iglesia va a continuar reformándose al enfrentarse son nuevos retos y desafíos, pero tomando como base las doctrinas esenciales de la fe cristiana que ellos sostuvieron y defendieron de manera tan efectiva.
En esta serie de artículos me propongo examinar de manera breve pero concisa, uno de los temas más difíciles y controversiales del mundo cristiano evangélico: el bautismo de infantes. No es mi intención representar la postura sobre el bautismo de infantes de manera superficial y/o equivocada (tal como muchos lo han hecho y lo siguen haciendo) al recurrir a argumentos descuidados o irresponsables creando “muñecos de paja” o haciendo “caricaturas” de lo que otros creen, pues reconozco que tales acciones son prohibidas por las Escrituras ya que violan el noveno mandamiento que dice: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”(Éxodo 20:16). Mi propósito es examinar los argumentos a favor del bautismo de infantes de la manera más acertadamente posible y permitir que los que defienden dicha postura presenten sus argumentos para poder evaluarlos a la luz de TODAS las Escrituras. Por otro lado, escribo este artículo no como un experto en el tema, sino como alguien que ha comenzado a examinar los argumentos usados para respaldar el bautismo de infantes por aquellos que lo defienden. Creo que esa es la única manera correcta de comprender y evaluar lo que otros creen. Debido a que ha crecido bajo una tradición distinta (el credo-bautismo), se requiere un doble esfuerzo de mi parte para no mal representar los argumentos de aquellos que abogan por el paedo-bautismo.
Reconozco que este tema no solo es difícil, sino que también despierta algunos sentimientos encontrados debido a los abusos cometidos en el pasado. Aventurarse a explorar este tema es, sin lugar a dudas, atreverse a incursionar en un terreno altamente minado. Paul K. Jewett expresa esta misma opinión de la siguiente manera:
“La complejidad de la discusión no es necesariamente culpa de los teólogos o el resultado de su supuesta propensidad a los argumentos complicados. La pregunta de si la iglesia debe bautizar infantes o no, es intrínsecamente compleja, pues es imposible contestarla adecuadamente sin tener que discutir también nuestro punto de vista sobre los sacramentos en general. Y nuestro punto de vista sobre los sacramentos, su naturaleza y eficacia, involucra la manera en la que vemos todo el tema de la salvación, entendida como el acto de gracia por parte de Dios en el perdón y la reconciliación, mediado al pecador en y a través de la comunidad de los redimidos, la iglesia cristiana” (Paul J. Jewett“Infant Baptism and the Covenant of Grace”, p. 2, Eerdmans 1978).
Debido a que el tema sobre el bautismo de infantes es muy variado (desde el catolicismo romano hasta la iglesia ortodoxa griega, sin pasar por alto el anglicanismo y el luteranismo, etc.), muchos creyentes bienintencionados tienden a poner todas estas posturas en un mismo saco, como si cada una de ellas fueran exactamente lo mismo. Pero la verdad es que no son lo mismo, aunque a simple vista parezcan serlo. Las razones bíblicas y teológicas de cada una de estas posturas difieren marcadamente entre sí. Mi enfoque principal en este análisis será en el bautismo de infantes tal como es expresado y defendido por las principales Confesiones de Fe de las iglesias Presbiterianas y Reformadas exclusivamente.
I. Argumentos a favor del bautismo de infantes
La pregunta número 74 del catecismo de Heidelberg dice:
Pregunta: ¿Deben ser bautizados también los infantes?
Respuesta: Si. Pues tanto ellos como los adultos pertenecen a la comunidad del Pacto (Gen. 17:7), y también a ellos se les promete el perdón de los pecados por medio de la sangre de Cristo (Mateo 19:14) y el Espíritu Santo quien produce la fe (Sal.22:10; Is. 44:1-3; Luc. 1:15; Hechos 2:39; 16:31).
Por lo tanto, ellos deben ser incorporados a la iglesia cristiana por medio del bautismo, que es la señal del Pacto y que los distingue de los hijos de los incrédulos (Hechos 10:47; 1Cor. 7:14). Esto era hecho bajo el Antiguo Testamento por medio de la circuncisión (Gen. 17:9-14), en cuyo lugar el bautismo fue instituido en el Nuevo testamento (Col. 2:11-13).
La Confesión de Fe de Westminster también afirma esto en el capítulo XXVIII, párrafo IV dice:
“No solo aquellos quienes de hecho profesan fe en y obediencia a Cristo, sino también los infantes de uno o ambos padres creyentes deben ser bautizados” (Alexander Whyte, “An Exposition on the shorter Catechism”, p. 311, Christian Focus Publications 2004).
Estas breves afirmaciones se encuentran llenas de contenido bíblico y teológico. Si no estamos familiarizados con dicho contenido, vamos a sentirnos impulsados a rechazar inmediatamente tales afirmaciones debido a que no estamos comprendiendo bien el trasfondo y las bases bíblicas para dichas afirmaciones. La mayoría de las confesiones de Fe en el mundo Reformado, permiten a los hijos (infantes) de padres creyentes el ser bautizados también. La razón para tal participación del bautismo, es debido a que los niños, al igual que sus padres creyentes, ambos se encuentran incluidos dentro del Pacto de Gracia. El catecismo de Heidelberg expone claramente la razón por la que los hijos de padres creyentes pueden ser bautizados: porque así como la circuncisión era hecha a los hijos de los Israelitas en el AT, así también el bautismo el cual ha reemplazado a la circuncisión en el NT, puede ser aplicado a los hijos de padres creyentes. Este acercamiento es, desde luego, algo inherente en la teología Reformada que ve en el Antiguo y en el Nuevo Testamento una estrecha relación y una continuidad tal, que divorciar el Nuevo Testamento del Antiguo no solo es algo que nunca debe hacerse, sino que cuando lo hacemos, tal acción nos conduce a errores bastante serios. Por eso, el primer argumento a favor del bautismo de infantes tiene que ver en cómo interpretamos las Escrituras.
1. El argumento hermenéutico: ¿Cómo debemos interpretar las Escrituras?
El argumento hermenéutico nos muestra la necesidad e importancia de interpretar adecuadamente TODAS las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Todo creyente que pide que se le muestre un solo versículo en el Nuevo Testamento en donde hable de manera explícita sobre el bautismo aplicado a los infantes, es porque tal vez no se encuentra familiarizado con la UNIDAD y la CONTINUIDAD que existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La unidad y continuidad que existe entre los dos Testamentos, es a veces ignorada o pasada por alto debido a una equivocada tendencia a ver al Antiguo Testamento como un libro independiente y completamente SEPARADO del Antiguo en el mejor de los casos, o como algo OBSOLETO que ha sido REEMPLAZADO casi en todo sentido por el Nuevo Testamento, en el peor de los casos.
Pero al estudiar detenidamente el Nuevo Testamento, nos damos cuenta que la mayoría de los escritores neo-testamentarios apelaron al Antiguo Testamento para fundamentar sus argumentos tanto históricos como teológicos y demostrar que este hablaba claramente sobre todas las cosas que estaban sucediendo: desde la llegada del Mesías prometido en varias porciones de las Escrituras, así como su muerte, sepultura y resurrección, hasta su ascensión al cielo y el sentarse en el trono a la diestra de Dios. De hecho, el Antiguo Testamento eran las únicas Escrituras que ellos tenían en el primer siglo. Cuando el apóstol Pablo le escribió al joven Timoteo que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Tim. 3:16), se estaba refiriendo principalmente al Antiguo Testamento ya que el Nuevo Testamento todavía no se había terminado de escribir y las únicas Escrituras que Timoteo conocía era el Antiguo Testamento. Por lo tanto, si deseamos entender la postura paedo-bautista con justicia, lo primero que debemos hacer, es esforzarnos por tener un entendimiento básico de la comprensión reformada sobre TODAS las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento.
La relación orgánica entre el AT y el NT
No cabe duda que existe una relación orgánica entre el AT y el NT. Esto se hace evidente por el hecho de que tanto Cristo como sus apóstoles citaban una y otra vez el Antiguo Testamento en sus discursos y apelaban al Antiguo Testamento como la Palabra de Dios la cual pesaba sobre sus conciencias. No se puede negar el hecho de que existe una estrecha relación e interdependencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por lo tanto, el hacer una estricta división de los dos testamentos no cuenta con ningún apoyo Escritural. El querer separar el Nuevo Testamento del Antiguo, es como querer cortarle la raíz a un árbol y esperar que este sobreviva. Ambos Testamentos se necesitan mutuamente para poder ser entendidos e interpretados correctamente. Por esa razón, toda doctrina bíblica encontrada en el Nuevo Testamento, debe ser estudiada y considerada a la luz del Antiguo Testamento.
Esta comprensión de la relación orgánica que existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, fue lo que preservó a la iglesia primitiva de sucumbir ante una de las más peligrosas herejías que la amenazaron en los dos primeros siglos: las herejías de Marción. Marción rechazaba completamente el Antiguo Testamento y negaba toda posible relación con el Nuevo Testamento. Debido a la influencia de un maestro gnóstico llamado Cerdo, Marción había llegado a la conclusión que existían dos Dioses: el Dios creador del Antiguo Testamento quien era “un Dios legalista que se había involucrado en cursos de acción contradictorios y quien era débil, ignorante, déspota y cruel” y el Dios supremo, el cual, según Marción, “era un Dios de amor quien había permanecido completamente oculto hasta que finalmente fue revelado en la persona de Jesucristo” (Robert I. Bradshaw, “Marcion: Portrait of a Heretic”, www.earlychurch.org.uk/article_marcion.html).
Uno de los principales argumentos de Marción para rechazar el Antiguo Testamento, era que este no podía ser reconciliado con el Nuevo Testamento. Por ejemplo, Marción veía que el código de conducta bajo el Antiguo Testamento era el de “ojo por ojo y diente por diente”, mientras que Cristo hizo a un lado este precepto. Josué le ordenó al sol que se detuviera para poder continuar con la masacre de sus enemigos, mientras que Pablo exhortaba: “no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. En el Antiguo Testamento se permitía el divorcio y la poligamia, pero en el Nuevo ninguno de los dos es permitido. Moisés había reforzado el Sábado y la Ley, mientras que Cristo había liberado a los creyentes de ambos.
Marción encontraba contradicciones aún en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, Dios había ordenado que no se hiciera cual ningún trabajo en el día de reposo, sin embargo, les ordenó a los israelitas a cargar el arca alrededor de Jericó 7 veces en el día sábado. Dios había prohibido hacer imágenes de fundición, pero también le ordenó a Moisés a que hiciera una serpiente de bronce. La deidad revelada en el Antiguo Testamento no podía ser omnisciente, de otra manera no le hubiera preguntado a Adán “¿En donde estás tú?” (Génesis 3:9).
Este equivocado concepto sostenido por Marción lo llevó finalmente a mutilar las Escrituras, creando así su propio Canon de la Biblia. Marción rechazó completamente el Antiguo Testamento e incluyó únicamente en su Canon al evangelio de Lucas y diez epístolas del apóstol Pablo. Pero aún después de haber eliminado esas Escrituras, Marción se dedicó a la tarea de quitar todas las referencias que había en el evangelio de Lucas sobre el trasfondo judío de Cristo. También eliminó varios pasajes de las epístolas paulinas que hacían referencia a ejemplos y porciones del Antiguo Testamento. Cuando Marción terminó de editar y recortar las Escrituras, lo único que le había quedado era un pobre resumen incomprensible de lo que él consideraba era el evangelio puro. Interesantemente, el mutilado Canon de Marción fue lo que aceleró el proceso en la formación del Canon bíblico que ya había comenzado en la primera mitad del segundo siglo. Fue en su oposición al hereje Marción que la iglesia por primera vez hizo conciencia de su herencia sobre los escritos apostólicos y sobre la importancia del Antiguo Testamento para la fe cristiana.
Lamentablemente, el deseo por divorciar el Nuevo Testamento del Antiguo no terminó con la muerte de Marción. A lo largo de la historia de la iglesia se han podido ver estas mismas tendencias mostradas de diferentes formas. Geoffrey W. Bromiley comenta sobre esta misma tendencia mostrada en la actualidad de querer divorciar al Antiguo Testamento del Nuevo y de hacer a un lado toda clase de continuidad entre ambos Testamentos:
“Tanto nuestro Señor Jesucristo como los autores del Nuevo Testamento enseñaron la unidad de las Escrituras y la iglesia ha mantenido ese mismo testimonio a través de los siglos. Sin embargo, la presión siempre ha sido ejercida en este aspecto desde los días de Marción y los gnósticos. El testimonio del Antiguo Testamento puede ser minimizado de distintas maneras. Un cierto tipo de criticismo bíblico ignora o relativiza las enseñanzas y prácticas del Antiguo Testamento como una forma de desarrollo religioso ya pasado de moda. Por supuesto que en este caso, el Nuevo Testamento puede padecer el mismo problema cuando arrogantemente –e irónicamente- es comparado con los logros y la conducta del pensamiento moderno. Sin embargo, aquellos que resisten estos criticismos extremos pueden fácilmente caer víctimas de los Dispensacionalistas o de ciertas personas que abogan por una revelación progresiva, quienes ven en el Antiguo Testamento y a menudo en el Nuevo Testamento, palabras de Dios que no tienen una relevancia directa para la iglesia, o para el periodo final de revelación y consecuentemente, tampoco lo tienen para los creyentes de hoy. En esta conexión, es interesante ver que los Anabaptistas quienes fueron los precursores en el siglo XVI de los Bautistas modernos, tuvieron una marcada tendencia a menospreciar el Antiguo Testamento y a destruir la unidad apropiada de las Escrituras, excepto sobre la base de una espiritualización total. Aún algunos quienes no tienen cual ningún deseo de transitar por la senda del racionalismo, del Dispensacionalismo o de la revelación progresiva, pueden algunas veces poner tal énfasis en las diferencias entre la ley y el evangelio que pueden perder de vista la gran unidad de la Palabra y propósitos divinos”. (Geoffrey W. Bromiley, “Children of Promise”, p. 13, Eerdmans 1979).
¿Cómo debemos interpretar entonces el Nuevo Testamento?
Si tomamos el Nuevo Testamento como algo completamente separado del Antiguo, tal como muchos creyentes lo hacen, lo más probable es que caeremos en serios errores tal como Marción y muchos otros lo han hecho a lo largo de la historia. Por lo tanto, el Nuevo Testamento debe ser siempre interpretado tomando en cuenta la base sobre la cual éste descansa: el Antiguo Testamento. No debemos acercarnos al Nuevo Testamento como si fuera un libro completamente independiente del Antiguo, pues al hacerlo, podemos llegar a conclusiones completamente equivocadas. Robert R. Booth nos comenta en qué consiste esto:
“Debemos rechazar cualquier sugerencia de comenzar nuestro estudio de cualquier doctrina con el Nuevo Testamento por sí solo. Esto es verdad por dos importantes razones. Primero, El Nuevo Testamento puede ser interpretado apropiadamente solo en el contexto del Antiguo Testamento. Tanto el texto mismo del Antiguo Testamento como la cultura que lo produjo, proveen el fundamento para comprender cómo aquellos quienes recibieron por primera vez el Nuevo Testamento habrían entendido sus enseñanzas. Dios ha preservado un registro escrito e inspirado tanto de la historia de la redención como de las experiencias históricas de su pueblo. Estos no son puntos menores que pueden ser ignorados o dejados de lado si es que vamos a llegar a un entendimiento correcto de cualquier doctrina. Ningún relato (o versículo) de las Escrituras se encuentra aislado de todos los demás –todos ellos se encuentran relacionados y tienen un impacto el uno sobre el otro-. Por lo tanto, no debemos apresurarnos al Nuevo Testamento con una concordancia en mano y presumir que tenemos todas las herramientas y la información necesaria para llegar a una acertada conclusión acerca de cualquier doctrina.
Una segunda razón por la que no debemos comenzar con el Nuevo Testamento, es que las doctrinas del Nuevo Testamento tienen sus raíces en el Antiguo Testamento. Cuando leemos en Gálatas 3:29 que nosotros somos “hijos de Abraham” y “herederos según la promesa”, somos llevados inmediatamente al libro de Génesis para poder comprender lo que se afirma. Cuando leemos en Filipenses 3:3 que nosotros somos “la verdadera circuncisión” debemos ir al Antiguo Testamento para poder descubrir lo que era la circuncisión y la función que desempeñaba. Cuando leemos en Romanos 15:8 que Cristo vino para “confirmar las promesas hechas a los padres”, o cuando leemos en Efesios 2:12 que los gentiles “estaban alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa” es solo en el Antiguo Testamento que podemos descubrir el fundamento para estas enseñanzas….El Nuevo Testamento nos conduce inmediatamente al Antiguo Testamento cuando intentamos entender las doctrinas de la creación, del pecado, de la redención, del sacrificio de Cristo; la expiación, el sacerdocio, la disciplina en la iglesia, la cena del Señor, el matrimonio, el divorcio, las familias, los pactos, el juicio, el cielo y muchos temas más”. (Robert R. Booth, “Children of the Promise”, ps. 20, 21; P&R 1995).
Resumiendo este primer argumento, podemos decir entonces que todas las doctrinas bíblicas tales como: el pecado original, la fe, la gracia, la justificación, la redención, la santificación, el bautismo, etc., no deben ser estudiadas únicamente en el Nuevo Testamento, sino tomando en cuenta también lo que el Antiguo Testamento nos enseña sobre dicha doctrina y las bases que establece para tales doctrinas. Esto debe ser algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo sin importar cual sea nuestra respectiva postura sobre el bautismo.
Daviel D’Paz

Como parte de este tema del bautismo que venimos estudiando en nuestro blog, me ha parecido bien publicar en nuestro espacio las obras de otros siervos de Dios sobre el tema, que nos traeran luz para entender este importante sacramento dado por Jesucristo a la iglesia. Es nuestra oracion y deseo que sean de bendicion a los hermanos, sabiendo que el Espiritu siempre nos lleva a toda verdad.

A todos los santos en Cristo Jesus, gozo y paz.

Escogido por Gracia. (Administrador de Iglesiando)

El sacramento del bautismo

Autor: Pastor Juan Sanabria Cruz

1. DEFINICIÓN Y SIGNIFICADO

La palabra “sacramento” no aparece en ningún lugar de la Escritura. Es más bien una expresión latina utilizada en lugar del término griego “misterio” que siempre fue usado en la Iglesia Primitiva tanto en las ordenanzas instituidas por Cristo como para referirse a las doctrinas cristianas. Por ejemplo, la encarnación de Cristo encierra un misterio (1 Tim 3.16 ss.), y la unión entre Cristo y la Iglesia también lo es (Ef 5.28-32). Los reformadores, aunque no quitaron la palabra sacramento, se mostraban más partidarios se utilizar conceptos como señales, sellos o signos. Por ello se hace mención del sacramento hablando más de la ceremonia en sí como elemento material que lo que ella significa. Para su significado espiritual se prefieren las palabras mencionadas.

La palabra sacramento, en sí misma, es un término latino que hacía referencia al juramento que comprometía a un soldado a la obediencia, y simplemente describe un aspecto de lo que está implicado en estos medios de gracia, a saber, el compromiso que adquiere el creyente con el Señor lo mismo que el soldado con su patria. Por costumbre ha llegado a tener, de manera natural, un significado más especializado y abarcador, siendo aplicado a un acto divino que lleva consigo un significado o gracia específica.

Berkhof define el sacramento de la siguiente manera:

Un sacramento es una ordenanza sagrada instituida por Cristo, en la cual mediante signos sensibles se representa, sella y aplica a los creyentes, la gracia de Dios en Cristo y los beneficios del pacto de la gracia; y los creyentes a su vez, participando de ellos expresan su fe y acercamiento a Dios. [1]

Los hermanos que no creen que los sacramentos sean medios de gracia se muestran recelosos con dicho término y prefieren dejarlo en “Ordenanza”, que también lo es. Indistintamente de cuál sea el término que se utilice conviene aclarar que en la iglesia primitiva se entendía que a través de ellos se otorgaba alguna gracia, lo mismo que en la predicación hablada de la Palabra de Dios, por entender en dichos signos una forma de predicación del evangelio a través de los emblemas representados.Dichos signos son para las Iglesias Protestantes emblemas que nos hacen partícipes de Cristo y de sus beneficios. Ambos están relacionados con el nuevo Pacto establecido por Cristo con su Iglesia y puesto que su Pacto fue efectuado con su sacrificio sustitutorio solo se reconocen dos, a saber: El Santo Bautismo y La Cena del Señor.Los reformadores entendieron en ambos sacramentos un paralelismo entre la circuncisión del Antiguo Testamento con el Bautismo del Nuevo Testamento.; y de igual manera entre la Pascua del Antiguo Testamento y la Santa Cena del Nuevo Testamento. En el primero, el sujeto entra a ser parte de Cristo y de su pueblo. En el segundo demuestra su permanencia en Él.Para las iglesias Reformadas ambos sacramentos son iguales en esencia tanto en el antiguo Pacto como en el nuevo, aunque cambie en su forma externa. La Iglesia de Roma solo ve en ellos una pre-figura de la gracia que vendría en la nueva dispensación con la encarnación de Cristo y en virtud de su pasión y su muerte. Por tanto entienden que no hay similitud en esencia. Esta misma teología es compartida actualmente por muchos protestantes en el mundo.Berkhof alega contra dicha teología argumentando lo que yo parafraseo de la siguiente manera:

1. Pablo atribuye al antiguo Israel lo que era esencial en la Iglesia del Nuevo Pacto (1 Co 10.1-4).

2. En Romanos 4.11 se habla de la circuncisión hecha a Abraham como el sello de la justicia obtenida por la fe.

3. La circuncisión y la Pascua se le atribuyen a la Iglesia del Nuevo Testamento (1 Co 5.7; Col 2.11); y el bautismo y la cena del Señor se le atribuyen a la Iglesia del Antiguo Testamento, Israel (1 Co 10.1-4). [2]

Si ha habido fuertes discusiones sobre este tema entre católicos y protestantes también hay que decir que no ha existido desde un principio unidad de criterios entre los mismos protestantes, y estas diferencias perduran hasta el día de hoy.2. EL SANTO BAUTISMO

El santo Bautismo es uno de los sacramentos instituidos por nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Pacto. Desde un punto de vista general podemos describir el santo bautismo como el momento de iniciación en la fe cristiana. Eso no quiere decir que no hayan personas que al no estar bautizadas por ello no sean cristianas. Lo que quiero decir es que al ser un sacramento, a través de cosas materiales como el agua, que son sensibles a nuestros sentidos físicos, se sella al catecúmeno para incorporarlo a la iglesia visible.Este sacramento tiene varios significados, a saber:

# Este sacramento manifiesta la unión del cristiano con Cristo. El apóstol Pablo escribe:

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.” (Romanos 6.3-4 RVR).

El bautismo contiene, por tanto, los significados básicos de la fe cristiana, que son: la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Obsérvese que somos sepultados en su muerte donde las obras de la carne quedan mortificadas por el poder del sacrificio de Cristo y no en el agua como argumentan los Bautistas para justificar el bautismo por inmersión. Recordemos que las tumbas en los tiempos de Jesús y en la que Él mismo fue enterrado no fue echado su cuerpo hacia atrás para después cubrirlo con tierra, sino que eran cuevas donde la entrada a la misma se hacía de forma horizontal.

# El bautismo se asocia también con el perdón. Parece ser que siguiendo la costumbre de los prosélitos judíos los que abrazaban la fe cristiana confesaban sus pecados cuando eran bautizados (Hch 2.38; 22.16).

# El bautismo indica también la instrucción del neófito en las enseñanzas de Cristo (Mt 28.19-20).

# Es señal de incorporación a la iglesia visible (Hch 2.41).

# Representa el lavamiento regenerador del Espíritu Santo por medio del cual el pecador es incorporado a la iglesia invisible (1 Co 12.13; Tito 3.5).

# Es la señal del Pacto de Gracia en el Nuevo Testamento reemplazando a la circuncisión (Ro 4.11; Col 2.11-12).

2.1. Etimología de la palabra Bautismo.

La palabra bautismo proviene del griego “baptismo”. Significa sumergir, zambullir, lavar, empapar, bañar, teñir, remojar. Este fonema tiene a su vez su raíz en la palabra “bapto” que significa poner dentro. De manera que el que está bautizado está, sacramentalmente hablando, dentro de la tumba de Cristo al morir para el pecado y unido a su resurrección al comenzar una nueva vida. También está dentro de la iglesia, la cual es su Cuerpo místico.

Esta identificación con Cristo fue similar a la que tuvo Israel con Moisés cuando cruzaron el Mar Rojo. Dice la Escritura: “Y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar” (1 Corintios 10.2). Sin embargo ninguno de ellos tocó apenas el agua porque cruzaron el mar “en seco”. Si consideramos que el bautismo es la inmersión, en este caso los bautizados fueron los egipcios al ser sepultados con el agua. Pero el significado es que para el pueblo de Dios quedaba atrás la vieja vida con la tiranía de Faraón y la esclavitud a la que estaban sometidos. Por tanto no podemos dar por sentado que bautismo signifique obligatoriamente inmersión.

En Las Escrituras del Nuevo Testamento, en el texto griego, la palabra bautismo es traducida en nuestras Biblias al castellano como ablución o lavamiento. El problema radica, a mi entender, en que al hacerse las traducciones algunas palabras se traducen y otras simplemente se transcriben, como puede pasar con las palabras diácono u obispo entre otras muchas.

Por ejemplo, si en 1 de Corintios 12.13 se tradujera “Porque por un Espíritu fuimos todos lavados…” en lugar de “bautizados”, como se expresa paralelamente en Tito 3.5, quizá no habrían tantos problemas al momento de hacer una interpretación correcta por parte de sectores pentecostales y carismáticos en cuanto al significado correcto de la palabra.

Hay otros casos donde dicha palabra sí ha sido traducida. Tal es el ejemplo de Lucas 11.38:

“Luego que hubo hablado, le rogó un fariseo que comiese con él; y entrando Jesús en la casa, se sentó a la mesa. El fariseo, cuando lo vio, se extrañó de que no se hubiese lavado [lit. bautizado] antes de comer” (Lucas 11.37-38).

En esta narración de Lucas se nos dice que Jesús se sentó a comer con el fariseo sin haberse lavado. Si no se hiciera la traducción de la palabra “ebaptisthe” por “lavar” el texto diría que el fariseo se extrañó de que Jesús “no se hubiese bautizado antes de comer”. Ahora bien ¿Significa eso que para comer había que sumergirse en agua completamente? De ninguna manera. Pues todos sabemos que el fariseo hacía referencia a la costumbre de “lavarse las manos”. De manera que con lavarse las manos ya Jesús hubiera estado bautizado.

Igualmente sucede en el texto de Marcos 7.4. En nuestras Biblias en castellano se traduce como sigue:

“Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos.”

Si no se hubiere traducido aquí la palabra lavar diría en el texto griego que “si no se bautizan no comen” y que dentro de sus costumbres estaban la de “los bautismos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos”. Así que una vez más se confirma que el bautismo no implica en la lengua griega, de donde viene nuestro Nuevo Testamento, una inmersión ni de las personas ni de los objetos, a menos que alguien opine que realmente se sumergían en agua antes de comer o que para purificar sus camas las hundían en un estanque de agua, algo que parece bastante ilógico e incoherente.

Otro ejemplo lo podemos encontrar en Hebreos 9.10. La Sagrada Escritura haciendo referencia a las prácticas ceremoniales del Antiguo Pacto dice:

“Ya que consiste [el antiguo culto] sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas.”

Aquí en el texto griego la palabra “ablución” también es bautismo (gr. baptismoi). Con esto hace referencia a las aplicaciones que se hacían sobre los utensilios, sobre los creyentes y aún sobre el mismo libro de La Ley con la sangre de los animales sacrificados.

“Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado.” (Hebreos 9.19-20).

Obsérvese que este rociamiento o ablución aparece en el texto griego del versículo 10 como bautismo. Sin embargo, Moisés no sumergió ni al pueblo ni al libro de La Ley dentro de la sangre sino que la aplica por ablución o aspersión haciendo uso de un hisopo, lo cual es entendido por el autor del libro de los Hebreos como bautismo.

“Y Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar. Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos. Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas.” (Éxodo 24.6-8 RVR).

En el momento que Moisés hace esta aplicación, el pueblo queda sellado con el pacto de obras hecho bajo juramento. De igual manera el creyente es sellado en el momento de su bautismo e injertado a Cristo en el Pacto de Gracia. En este sello el elemento utilizado no es sangre sino agua pero no hay argumento teológico ni etimológico para la práctica obligatoria de la inmersión, aunque sí para la efusión o aspersión.

Existe otro argumento razonable para entender que el bautismo no implica una inmersión y aquí hago referencia al bautismo con el Espíritu Santo. En Hechos 1.5 cuando Jesús hace la promesa dice:

“Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hechos 1.5).

El cumplimiento de esta promesa llegó el día de Pentecostés en el que Lucas relata:

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego,asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” (Hechos 2.1-4).

Sabemos que el Espíritu Santo aparece en las Escrituras bajo diferentes símbolos. En este caso apareció en lenguas de fuego que se asentó “sobre” cada uno de los discípulos. Recordemos que en este texto estamos hablando del Bautismo con el Espíritu Santo. Sin embargo los discípulos no aparecen inmersos o envueltos totalmente en llamas de fuego, sino que unas lenguas en forma de fuego se asienta sobre ellos (se entiende que sobre sus cabezas, al estar ésta en la parte superior del cuerpo). Siendo éste el don de Dios prometido por Cristo no podemos poner en cuestión lo que Dios mismo entiende por bautizar. De manera que tan solo con poner dichas llamas sobre sus cabezas se consideraba como bautizados sin la necesidad de sumergirlos en fuego.

Igualmente sucedió con el rey David bajo el símbolo del aceite, con el cual el sacerdote Samuel tomando un cuerno derrama sobre su cabeza según era la costumbre. Dice la Escritura que desde ese día el Espíritu de Dios vino sobre él. Tampoco en este caso el rey es inmerso en aceite y mucho menos con la cantidad que cabía en un cuerno. Bastó con que se derramara un poco de la misma sobre su cabeza (1 Sam 16.13).

2.2. La forma de bautizar

Según he explicado en el punto anterior, y en base a las expresiones que se utilizan en el texto griego, parece evidente que la forma de bautizar es por efusión, esto es derramando agua sobre la cabeza del neófito en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los bautistas argumentan en su contra pasajes como el de Romanos 6.1-4 donde se habla de ser sepultados en Cristo. Evidentemente todo cristiano es sepultado en Cristo por obra del Espíritu Santo para nacer a una nueva vida pero esto no significa que seamos sepultados en agua. No es lo mismo ser sepultado en agua que ser sepultado en Cristo. Esto último es obra del Espíritu Santo. La Escritura no habla en ningún lugar de ser sepultado en las aguas del bautismo sino de ser sepultados con Cristo en su muerte.

También se argumenta el caso de Felipe y el eunuco en el que al solicitar ser bautizado ambos descendieron y subieron del agua (Hch 8.38-39). Si lo tomamos de una manera literal tendríamos que entender que también Felipe recibió en ese momento el sacramento del bautismo, pero sabemos que no fue así. El significado de descender y subir del agua es que habían bajado del carro para acercarse a aquel charco, donde Felipe le administró el bautismo (lo más probable por efusión) y luego salieron del agua para volver al carro.

Por el contrario existen fuertes argumentos escriturales para creer que el bautismo se realizaba por efusión, derramando agua sobre la cabeza del candidato.

En primer lugar entendemos que el bautismo en agua es un signo del bautismo con el Espíritu. En Tito 3.5 al hablar de nuestra salvación se nos habla de un lavamiento regenerador efectuado por el Espíritu Santo. En Juan 3 Jesús le dice a Nicodemo que para entrar en el Reino de Dios debe nacer del agua y del Espíritu. De esta forma, Jesús está utilizando el agua como símbolo del Espíritu Santo.

Ya en el Antiguo Testamento, hablando de estas cosas los profetas escribieron:

Isaías 44.3
“Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espírituderramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos”.

Ezequiel 36.25
Esparciré sobre vosotros agua limpia y seréis purificados de todas vuestras impurezas, y de todos vuestros ídolos os limpiaré.”

Joel 2.28-29
“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.”
En todos estos textos los profetas estaban vaticinando la acción de Dios en el Nuevo Pacto en el cual derramaría su Espíritu para lavamiento (o bautismo) de los pecados e inmundicias de su pueblo.

Si la forma que Dios utiliza para bautizar con su Espíritu es el derramamiento utilizando el agua como símbolo ¿Por qué nosotros tenemos que hacer la inmersión al oficiar el sacramento? No hay argumento bíblico para tal práctica. No aparece en ningún texto de la Escritura que Dios nos hundiera en su Espíritu. Siempre lo derrama o esparce.

Así que, de la misma manera que Dios derrama su Espíritu se sobre el pecador para la limpieza de sus suciedades espirituales añadiéndole a la Iglesia invisible, el Ministro derrama el agua (símbolo del Espíritu) sobre su cabeza para incorporarle a la iglesia visible. De esta forma, el sacramento refleja esta verdad espiritual aplicándola de manera perceptiva a nuestros sentidos.

No se puede afirmar categóricamente que durante los primeros siglos no se practicaran los bautismos tanto por inmersión como por efusión simultáneamente. Sin embargo, haciendo honor a los textos bíblicos, indistintamente de las costumbres adquiridas, todo apunta a que el modo más correcto es la efusión.

Lo que debe quedar claro es que hay un solo bautismo y, que al margen de la manera en que se haya practicado, ninguno puede invalidar al otro, como hacen los anabaptistas y otras denominaciones cristianas.

La costumbre de bautizar por inmersión en algunos sectores cristianos de los primeros siglos proviene según algunos historiadores -pues no todos están de acuerdo- de los lavamientos que hacían los fariseos al aceptar a un gentil dentro de la fe judía después de practicarle la circuncisión, por lo cual, repito, que se debe más a una costumbre que a un principio teológico.

Existen incluso pilas bautismales de los primeros siglos que parecen indicar que muchos de los primeros bautismos se practicaban por inmersión, aunque también le daban la misma validez si se hacía por efusión. Sin embargo el Dr. Ryrie afirma lo siguiente:

El que se bautizaba iba al agua, posiblemente aún entrando en el agua, pero no debajo del agua. Grabados en las catacumbas muestran al candidato al bautismo de pie en el agua más o menos hasta la cintura mientras que el que bautizaba vertía agua sobre su cabeza de una vasija que sostenía.[3]

Posteriormente, y en base a los conocimientos que se fueron adquiriendo, las pilas bautismales dan testimonio de que el bautismo por efusión vertiendo agua sobre la cabeza del candidato llegó a convertirse en la práctica universal de toda la iglesia cristiana, hasta que después de la Reforma surgiera el movimiento anabaptista.
2.3. El sujeto del Bautismo

Según el concepto que se tenga de la gracia de Dios así se verá a quién se considera apto para el bautismo y a quién no.

En Las Escrituras se requiere que el adulto que solicite el bautismo primero debe arrepentirse de sus pecados y confiar en el sacrificio expiatorio de Cristo para su salvación:

“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2.38)

Ambas cosas, el arrepentimiento y la fe se consideran en las Escrituras como actos de la soberana y sola gracia de Dios (Jn 16.7-8; Hch 11.18; 2 Co 7.10; Ef 2.8-9). Sin embargo en el concepto arminiano tanto el arrepentimiento como la fe son resultados de una convicción propia del raciocinio humano en respuesta a la predicación del evangelio y persuación del Espíritu Santo, por lo cual cualquiera puede ser salvo “si quiere”, quedando la última palabra de decisión no en manos de Dios sino en las del pecador. De ser así es evidente que un niño no puede bautizarse, tal y como afirman los bautistas, ya que un bebé no tiene esa capacidad para arrepentirse y creer. Pero si seguimos esa lógica tampoco un niño puede entrar en el Reino de Dios ya que somos salvos por la fe y es sabido de sobra, como venimos haciendo hincapié, que un niño no tiene la capacidad de creer. Por tanto la postura bautista es bastante coherente en su propia teología y actúan consecuentemente al negarles el bautismo a los niños por no tener la capacidad de creer pero, siguiendo esta línea de pensamiento, tampoco se pueden salvar, ya que para ser salvo primero hay que creer.

Dicho más claramente. En el concepto bautista quien no cree tampoco puede bautizarse y por no tener capacidad para creer les niegan el sacramento a los niños, pero, siguiendo esa matemática, quien no cree tampoco puede salvarse y por tanto los niños no van al cielo porque no tienen dicha capacidad, algo que ellos niegan categóricamente. Y si les consideran salvos ¿Por qué les niegan el bautismo? ¡Hay una contradicción! Pero si a Dios le ha placido darle su Reino a los niños de los creyentes ¿Quiénes somos nosotros para negarles el bautismo? ¿Acaso el sacramento es más que heredar el Reino de los Cielos? 

Los Reformados creemos que de los niños es el Reino de los Cielos y puesto que el Reino de Dios está en Su Iglesia le ponemos la señal de pertenencia a la misma, es decir, el bautismo. Esto no garantiza su salvación (aunque los niños son salvos en virtud del pacto de gracia) ni le es otorgada por el sacramento. El nuevo nacimiento es obra del Espíritu quien, como el viento, sopla de donde quiere y aplica la gracia a los que Dios quiere y en el momento que quiere. Si embargo, entendiendo que el Reino de Dios está entre nosotros, le damos a nuestros hijos el sacramento del bautismo como señal de pertenencia a la Iglesia Visible.

¿Cómo se sabía en el A.T. que un niño pertenecía a la Nación de Israel? ¡Por la circuncisión! Si veían que un niño estaba circuncidado decían: No cabe duda, es judío. De igual manera la señal actual de que un niño pertenece a la Iglesia Cristiana, y por tanto al Reino de los cielos, es por la señal del Nuevo Pacto: El Bautismo.

Por tanto, si entendemos la salvación como el don gratuito que Dios imparte sobre aquellos que quiere, sin la necesidad de la colaboración humana, no podremos de ninguna manera negarle el sacramento del bautismo a ningún niño de padre o madre cristiano bajo la enseñanza de que según Cristo “de ellos es el Reino de los Cielos” o que los hijos de creyentes “son santos” (1 Co 7.14).

Según la historia eclesiástica, Orígenes (182-251 d.C.), uno de los padres apostólicos, no solo había sido bautizado en la infancia sino que además dijo: “La iglesia ha recibido la tradición apostólica de bautizar a los niños”. [4]

San Agustín (354-430 d.C.), dice hablando del bautismo de los niños: “Si alguno pregunta sobre la autoridad divina en este asunto, aunque es algo que toda la iglesia practica y que ha sido instituido por los concilios, pero que siempre ha sido la práctica, es razonable creer que es nada menos que una práctica entregada por la autoridad de los apóstoles, pero también podemos considerar el valor del sacramento del bautismo para los infantes, pensando en la circuncisión recibida anteriormente por el pueblo de Dios”.

Esto queda también confirmado por Berkhof cuando escribió: El bautismo de niños era muy común en el tiempo de Orígenes y Tertuliano.[5]
También Ryrie, aunque no está de acuerdo con el método, así lo reconoce:

Desde los tiempos primitivos, la iglesia practicaba el bautismo de los infantes; por lo tanto es permisible. Los padres de la iglesia respaldaban el bautismo de los infantes, a menudo relacionándolo con la circuncisión.[6]

Pero no solo los padres de la iglesia confirmaron la práctica apostólica del bautismo de infantes. También los Reformadores lo hicieron.

En la Confesión de Augsburgo, los luteranos escriben:

Respecto al Bautismo se enseña que es necesario, que por medio de él se ofrece la gracia, y que deben bautizarse también los niños, los cuales mediante tal Bautismo son encomendados a Dios y llegan a serle aceptados.

Por este motivo se rechaza a los anabaptistas, que enseñan que el Bautismo de párvulos es ilícito.[7]

Juan Calvino, en su obra sobre Breve Instrucción Cristiana escribió:

“El Bautismo sirve también a nuestra confesión delante de los hombres, pues es una señal por la cual, públicamente, hacemos profesión de nuestro deseo de formar parte del pueblo de Dios, para servir y honrar a Dios en una misma religión con todos los fieles. Y por cuanto la alianza del Señor con nosotros viene principalmente confirmada por el Bautismo, por eso con toda razón bautizamos también a nuestros hijos, pues participan de la alianza eterna por la que el Señor promete que será, no sólo nuestro Dios, sino también el de nuestra descendencia.”[8]

Los anabaptistas se convirtieron en férreos opositores al bautismo de infantes practicado por los Reformadores, de manera que cuando alguien entraba en la edad adulta le hacían bautizar otra vez, invalidando así el bautismo recibido en la infancia. De ahí también la procedencia de su nombre.[9]

Como hemos visto en la Confesión de Augsburgo, tanto Lutero, como Melanchton y sus demás seguidores condenaron abiertamente la oposición de los Anabaptistas al bautismo de infantes. Las iglesias Reformadas también mostraron en sus confesiones su oposición a dicho movimiento:

Por tanto, reprobamos el error de los Anabaptistas, quienes no se conforman con un solo bautismo que una vez recibieron; y que además de esto, condenan el bautismo de los niños de creyentes; a los cuales nosotros creemos que se ha de bautizar y sellar con la señal del pacto, como los niños en Israel eran circuncidados en las mismas promesas que fueron hechas a nuestros hijos. Y por cierto, Cristo ha derramado su sangre no menos para lavar a los niños de los creyentes, que lo haya hecho por los adultos. [10]

Los reformadores, al igual que los padres de la iglesia, y éstos haciendo eco de las palabras de San Pablo, creyeron que el bautismo vino a significar en el nuevo Pacto lo mismo que la circuncisión en el antiguo (ver Col 2.11-13).

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se hace evidente que los niños eran bautizados juntamente con sus padres adultos. Tenemos el ejemplo de Lidia, vendedora de púrpura, que se bautizó con toda su familia (Hch 16.15). En la misma ciudad de Filipos el carcelero se bautizó también con todos los de su casa, en la que probablemente no solo estaba su familia sino sus esclavos y los hijos de estos (Hch 16.33-34). Lo mismo podemos decir de los de la casa de Cornelio (Hch 10.1-2,48) y Pablo dijo haber bautizado a la familia de Estéfanas (1 Co 1.16).

Bajo este principio teológico siguieron la costumbre de los judíos haciéndoles partícipes de la señal del Pacto que Dios había hecho con ellos, con la única diferencia de que en el antiguo Pacto la práctica de la circuncisión es sustituida por el bautismo con agua. De esta manera hacían y hacen a sus hijos participantes de las bendiciones prometidas al pueblo de Dios. De esto también habló el apóstol Pedro cuando dijo:

“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno [esto implicaba a los niños] de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos… [Los niños de éstos]” (Hechos 2.38-39a).

Los cristianos primitivos, y los Reformados en la actualidad, no creemos en un bautismo regenerador. No creemos que el sacramento tenga poder en sí mismo ni que se le otorgue al bautizado el nuevo nacimiento, pues esto es obra de Dios. Pero sí bautizamos a nuestros hijos en señal de dedicación y como señal de pertenencia a la Iglesia visible, con la que Dios ha establecido su Pacto de Gracia. Además bautizamos en esperanza confiando en que algún día Dios cumpla lo prometido, otorgándoles a nuestros hijos lo que el bautismo significa, es decir, el nuevo nacimiento.

Con esto queremos demostrar lo que enseña la Escritura, que el orden no siempre es el mismo, como enseñan los baptistas: 1º) Cree y 2º) Sé bautizado, ya que este caso solo es aplicable a los adultos, sino que también sucede a la inversa: 1º) Es bautizado en la infancia y 2) Recibirá de adulto (o cuando Dios quiera) el nuevo nacimiento (Cf. Dt 30.6).

Así sucedió con Abraham ya siendo viejo. Primero creyó y fue justificado y posteriormente fue circuncidado como señal de su fe y del Pacto. Sin embargo con su hijo Isaac sucedió a la inversa. Es circuncidado de bebé bajo la fe de su padre, pues no tenía capacidad para ello, y posteriormente por la gracia de Dios recibe la fe en la que profesa que el Dios de su padre también es su Dios.

Al acercarse ante Dios por medio del rito del Bautismo, los padres cristianos les presentan a sus hijos para que los bendiga. Los judíos circuncidaban a sus hijos mediante una operación física pero esperaban que un día Yahveh circuncidara su corazón en base a la promesa:

“Y circuncidará Yahveh tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.” (Deuteronomio 30.6).

De la mima manera que aquellos, los padres cristianos bautizan con agua a sus hijos como pertenecientes al pueblo visible de Dios pero con la fe en que un día serán bautizados o, lo que es lo mismo, regenerados por el Espíritu Santo según la promesa hecha en Hechos 2.38-39. Por tanto no se acepta en las iglesias protestantes Reformadas la idea de un bautismo regenerador como lo enseña la iglesia de Roma. La obra de la regeneración la hará Dios cuando Él crea conveniente y en su debido tiempo. Sobre esto la Confesión de Westminster dice:

La eficacia del bautismo no está ligada al preciso momento en que es administrado; sin embargo, por el uso correcto de este sacramento, la gracia prometida no solamente se ofrece, sino que realmente se manifiesta y se otorga por el Espíritu Santo a aquellos (sean adultos o infantes) a quienes corresponde aquella gracia, según el consejo de la propia voluntad de Dios; en su debido tiempo.[11]

La confesión de Westminster afirma lo que se enseña en la Escritura, a saber, que de igual manera que un niño hebreo recibía la circuncisión física hasta que Dios hiciera la espiritual, de la misma manera los cristianos bautizan a sus hijos físicamente hasta que Dios lo haga espiritualmente. De manera que el bautismo es al cristiano lo que la circuncisión al judío.

Entre los luteranos existe diversidad de opinión sobre si en el bautismo va implícito el nuevo nacimiento. Aún así creen que el poder regenerador no está en el sacramento en sí sino en la fe que se deposita en la eficacia de ellos.

En su Catecismo Menor, Martín Lutero escribió:

¿Qué es el bautismo?
El bautismo no es simple agua solamente, sino que es agua comprendida en el mandato divino y ligada con la palabra de Dios.

¿Qué palabra de Dios es ésta?
Es la palabra que nuestro Señor Jesucristo dice en el último capítulo del Evangelio según San Mateo “Id, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

¿Qué dones o beneficios confiere el bautismo?
El bautismo efectúa perdón de los pecados, redime de la muerte y del diablo y da la salvación eterna a todos los que lo creen, tal como se expresa en las palabras y promesas de Dios.

¿Qué palabras y promesas de Dios son éstas?
Son las que nuestro Señor Jesucristo dice en el último capítulo de Marcos: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

¿Cómo puede el agua hacer cosas tan grandes?
El agua en verdad no las hace, sino la palabra de Dios que está con el agua y unida a ella, y la fe que confía en dicha palabra de Dios ligada con el agua, porque sin la palabra de Dios el agua es simple agua, y no es bautismo; pero con la palabra de Dios sí es bautismo, es decir, es un agua de vida, llena de gracia, y un “lavamiento de la regeneración en el Espíritu Santo”, como San Pablo dice a Tito en el tercer capítulo: “Por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza de la vida eterna”. [12]

Berkhof opina que en este punto Lutero no llegó a desligarse del todo de la doctrina católico-Romana y que aunque el sujeto no queda libre totalmente de la corrupción de su naturaleza caída sin embargo, según Lutero, recibe la regeneración, y la culpa y el poder del pecado es quitado. Berkhof dice, que según Lutero, en el caso de los infantes, reciben dichos beneficios en base a una fe subconsciente del niño mientras que otros teólogos luteranos opinaban que dicha fe era un efecto inmediato producido por la administración de dicho sacramento. [13]

De todas maneras, aunque no coincidamos con la doctrina luterana respecto al bautismo, debe quedar claro que siempre fue la enseñanza de la Iglesia Cristiana bautizar a los niños, tanto en su comienzo como después de la Reforma y que por tanto no debe entenderse como una “nueva doctrina”. La nueva doctrina es impedir que los niños vengan a Cristo negándoles el sacramento del bautismo.

 

 

2.4. La Presentación de niños

En cuanto a la ceremonia de presentación o dedicación de niños, decir que es una enseñanza ajena a la práctica del NT.
En el AT, estaba establecido por La Ley de Dios que todo hijo primogénito, así como todo animal primogénito, era consagrado a Yahveh (Ex 13.1-2,12; Nm 3.13). En eso consistía la ceremonia de la Presentación o Dedicación.

“Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor” (Lucas 2.22-23 RVR).

De manera que si hacemos de esta “Presentación” una doctrina solo podría ser dedicado a Dios el primer hijo. Esta ceremonia de dedicación por parte de algunas iglesias protestantes no es sino una invención de los anabaptistas para llenar el hueco que dejaron al suprimir el bautismo de niños. Pero aún con este acto están reconociendo que sus hijos pertenecen a Dios y en un acto de piedad lo presentan ante Él pero al no ir acompañado del sacramento del Bautismo la Presentación se queda a medio camino y como dice un amigo mío es una especie de bautismo sin agua, o bautismo seco.

Argumentan también que acercaron los niños a Jesús para que los bendijera. Esto es muy cierto pero en nada tiene que ver con dicha ceremonia. Recordemos que fue en ese momento en que Jesús dijo que dejaran a los niños venir a Él porque de ellos es el Reino de los cielos, y que por cierto, como señal de pertenencia a dicho Reino ya habían recibido la señal de la circuncisión. No es lo mismo presentar a un niño ante Dios para que reciba la señal del Pacto a través de un ministro que decirle que ore por el para que Dios le bendiga. Son dos cosas completamente distintas.

2.5. La fórmula del bautismo

Jesús en esta Ordenanza dejó bien claro que el bautismo debe efectuarse en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28.19).

Esta fórmula indica con claridad dos cosas:

# Que Dios es uno y a la misma vez es Trino.
# Que cada una de las personas es precisamente eso, persona, y además persona Divina.

Desde los primeros siglos tanto Arrio como Sabelio[14] se oponían al dogma de la Trinidad. A los actuales “sabelianistas”, mejor conocidos como Unitarios o Sólo Jesús, el texto mencionado se les atraganta. De ahí que invaliden todo bautismo que no se haga únicamente en el Nombre de Jesús.

Contra estas dos grandes verdades, de que Dios es uno y trino, dichos herejes en la iglesia fueron duramente contrarestados por los primeros concilios elaborando excelentes credos de la verdadera fe Cristiana, entre los que destaca el Credo de Atanasio.[15]

En Las Escrituras encontramos algunos textos donde se bautiza solo en el Nombre de Jesús (Hch 2.38; 10.48; 19.5). Ahora bien ¿Qué significa ser bautizado en el nombre Jesús? ¿Significa que no existe la Trinidad? ¡Por supuesto que no! Bautizar en el nombre de Jesús significa ser bautizados, esto es, introducidos en su muerte, sepultura y resurrección. De manera que, como ya hemos dicho anteriormente, el bautismo es una plena identificación con Cristo y con su obra expiatoria por la cual se efectuó el Nuevo Pacto. Significa estar revestidos de Él (Gá 3.27), de su justicia, la cual nos ha sido imputada para a través de Él poder ser aceptados ante el Padre (Ro 5.1; Ef 1.5-6). Por tanto todo el que ha sido bautizado en Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ha sido bautizado por el sacramento en Cristo, en su muerte, sepultura y resurrección (Ro 6.1-4).

El argumento de la fórmula trinitaria tiene tanto peso que incluso en la enseñanza de los apóstoles se enseñó a verter el agua tres veces sobre la cabeza del candidato invocando a cada una de las personas de la Santísima Trinidad.

Con respecto al bautismo, os bautizaréis. Habiendo primero repetido todas estas cosas, os bautizaréis en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva (corriente). Pero si no tienes agua corriente, entonces bautízate en otra agua; y si no puedes en agua fría, entonces hazlo en agua caliente. Pero si no tienes ni una ni otra, entonces derrama agua sobre la cabeza tres veces [la negrita es mía] en el nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo. (Didajé VII). [16]

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

[1] BERKHOF L., Teología Sistemática, Editorial TELL, Jenison, Michigan, EE.UU., 1988, p. 737
[2] BERKHOF L., Teología Sistemática, Editorial TELL, Jenison, Michigan, EE.UU., 1988, p. 740
[3] RYRIE, CHARLES C., Teología Básica, Editorial Unilit, Miami, Fl. U.S.A., 1993, p. 487
[4] ORÍGENES, Epístola ad Romanos, Opera, ed. Migne, Vol. IV, Col. 1047: ed. Delarue, IV, 565
[5] BERKHOF, LOUIS, Historia de las doctrinas cristianas, Editorial El estandarte de la Verdad, Edimburgo, U.K., 1995, p. 319.
[6] RYRIE, CHARLES C., Teología Básica, Editorial Unilit, Miami, Fl. U.S.A., 1993, p. 485.
[7] CONFESIÓN DE AUGSBURGO, Artículo IX
[8] CALVINO, JUAN, Breve instrucción cristiana, Quinta parte, punto III
[9] La palabra “Anabaptista” es un término griego que se traduce como “Rebautizadores”.
[10] CONFESIÓN BELGA, Artículo XXXIV
[11] CONFESIÓN DE FE DE WESTMINSTER, Capítulo XXVIII. 6
[12] LUTERO, MARTÍN, Catecismo Menor, Artículo IV, El Bautismo
[13] BERKHOF, LOUIS, Historia de las doctrinas cristianas, Editorial El estandarte de la Verdad, Edimburgo, U.K., 1995, p. 322.
[14] Sabelio fue un teólogo y Obispo que, en el siglo III desarrolló y fue el máximo exponente delmodalismo, una doctrina también conocida como sabelianismo, considerada herética por la ortodoxia cristiana, que negaba la Trinidad al considerar que Dios es una sola Persona divina y, consecuentemente, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son sólo tres modos de manifestarse un mismo Ser.
[15] Atanasio fue Obispo de Alejandría, nacido alrededor del año 296 y fallecido el 2 de mayo del año 373. Fue intenso defensor de la divinidad absoluta de Jesús, fue uno de los principales opositores de Arrio y su doctrina unitaria. Fue importante su participación en el Concilio de Nicea. Atanasio defendía que el Verbo de Dios (Logos) era Dios verdadero al igual que Dios el Padre, de la misma sustancia que Él, y por lo tanto, no fue engendrado en el tiempo, sino que siempre existió, siendo coeterno con el Padre.
[16] LIGHTFOOT, J.B., Los Padres Apostólicos, Libros CLIE, Terrasa (Barcelona), 1990, p. 291.