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iglesiaFin de año, tiempo de balance de las perdidas, de los logros, del éxito que se alcanzo o del que se esfumo. Año nuevo, tiempo de planes, proyectos, vista al futuro. Por eso considero que estas 50 cosas que nos perdemos cuando no asistimos a las reuniones de la Iglesia es una buena manera de comenzar a considerar el año nuevo.
Creo que son un buen aporte para que sepamos redimir el tiempo y priorizar las cosas mas importantes sobre las importantes, o las cosas mas excelentes sobre las mejores.
Que Dios nos ayude a emplear el precioso tiempo que nos regala para su gloria.

50 COSAS QUE TE PIERDES POR NO ASISTIR A LAS REUNIONES DE LA IGLESIA

1. Te pierdes de obedecer el mandato de no dejar de congregarte (Hebreos 10:24-25).

2. Te pierdes de amar a Dios con tu obediencia, y por resultado, el experimentarlo más profundamente (Juan 14:21).

3. Te pierdes de amar a Jesús amando a su esposa por la cual dio su vida (Efesios 5:25-27; Hechos 20:28).

4. Te pierdes de escuchar la Palabra de Dios proclamada, y el crecimiento espiritual que vendría de ello.

5. Te pierdes de escuchar aplicación de la Palabra de Dios a tu vida, tu comunidad, y tu cultura (1 Corintios 2:5; 2 Timoteo 4:1-2).

6. Te pierdes el aprender cómo leer la Biblia mejor por ser instruido por personas con dones divinos de enseñar y predicar.

7. Te pierdes la oportunidad de estar equipado para discernir doctrinas engañosas y peligrosas que niegan o cambian el evangelio (Efesios 4:11-14).

8. Te pierdes de animar a otros hacia el amor y las buenas obras, y también recibir el ánimo que otras te pueden dar (Hebreos 10:25).

9. Te pierdes de usar tus dones para edificar al cuerpo de Cristo para la gloria de Dios (1 Pedro 4:10-11; Efesios 4:11-14).

10. Te pierdes la oportunidad de beneficiarte de los dones de otros creyentes (1 Pedro 4:10-11; Efesios 4:11-14).

11. Te pierdes de beneficiarte de los líderes que Dios te ha dado (Efesios 4:11-14; Hebreos 13:7).

12. Te pierdes el someterte a los líderes que Dios te ha dado, y por consecuencia, de someterte a Dios mismo (Hebreos 13:17).

13. Te pierdes de ser pastoreado a través de los gozos y dificultades de la vida (Santiago 5:13-14; 1 Pedro 5:1-2).

14. Te pierdes el aprender de y seguir el ejemplo de tu pastor (1 Timoteo 4:12; Hebreos 13:7; Tito 2:7).

15. Te pierdes el rendir cuentas por tus acciones a través de la disciplina de la iglesia, que es la disciplina de Dios (Mateo 18:15-17).

16. Te pierdes de ministrar a otros con tu presencia, es decir, animar a otros por tu presencia y compromiso al pueblo de Dios (Hebreos 10:24-25; Hechos 4:32-33).

17. Te pierdes de estar capacitado para la obra del ministerio y el fruto que tal capacitación produce (Efesios 4:11-14).

18. Te pierdes de dar y recibir oración para crecimiento personal y necesidades personales (Santiago 5:16).

19. Te pierdes las bendiciones de la oración grupal y la instrucción que viene de escuchar las oraciones de otros (1 Timoteo 2:1-2; Hechos 6:1-6).

20. Te pierdes el cuidar de los pobres como cuerpo de Cristo, o el recibir cuidado necesario (Hechos 11:29; 2 Corintios 8:4; 1 Juan 3:17).

21. Te pierdes el servir a otros, quitando tu enfoque de ti mismo (Romanos 12:9-13).

22. Te pierdes estar en el centro de la voluntad de Dios, la cual es revelada más mientras lo obedecemos y renovamos nuestras mentes en su verdad (Proverbios 3:5-6; Romanos 12:1-2; 1 Tesalonicenses 5:15-18).

23. Te pierdes de celebrar el evangelio a través del bautismo (Romanos 6:4; Mateo 28:19).

24. Te pierdes la participación regular de la Santa Cena para unirte con creyentes a través de la historia para celebrar la obra salvadora de Cristo y su reino venidero (1 Corintios 11:23-26).

25. Te pierdes de la ministración de “los unos a los otros” entre hermanos y hermanas en Cristo (Juan 13:34-35; Efesios 4:12; Romanos 12:10-16; Gálatas 5:16; etc.)

26. Te pierdes el cantar alabanzas a Dios con la iglesia de Cristo (Colosenses 3:16).

27. Te pierdes el demostrar la unidad del evangelio al hacer amigos con personas diversas en un mundo dividido por raza, nacionalidad, clase económica, y lengua (Efesios 2:11-22; Efesios 4:3; Santiago 2:1; Apocalipsis 5:9).

28. Te pierdes el hablar la verdad en amor a otros creyentes que creen o practican doctrinas que no son bíblicas (Efesios 4:15-16).

29. Te pierdes de dar gozo al Señor como su pueblo reunido (Sofonías 3:17; Salmos 149:4).

30. Te pierdes de regocijarte al ver a personas creer en Cristo y abrazarlos como hermanos (Hechos 16:5).

31. Te pierdes de invitar amigos y familiares que no son creyentes a la iglesia para escuchar del Cristo que salva (Mateo 28:18-20; Colosenses 4:5).

32. Te pierdes de aceptar a otros como Cristo te ha aceptado (Romanos 15:7).

33. Te pierdes el experimentar cómo el amor de Dios es perfeccionado a través de su cuerpo (1 Juan 4:12).

34. Te pierdes el recibir la ayuda que la Palabra de Dios, el Espíritu de Dios, y el pueblo de Dios te dan para crecer en madurez cristiana (2 Timoteo 3:16-17; Salmos 19:7; Efesios 4:11-14).

35. Te pierdes de experimentar el Espíritu Santo morando en la comunión de la iglesia (2 Corintios 13:14).

36. Te pierdes el recibir recordatorios de tu identidad y posición en Cristo (2 Corintios 5:17; Tito 3:3-7).

37. Te pierdes ser influenciado por hombres piadosos y mujeres piadosas que aman a Jesús más que el mundo, y la oportunidad de influenciar a otros (Tito 2:1-8).

38. Pierdes ver cómo Jesús, la cabeza de la iglesia, obra a través de su cuerpo para llevar a cabo su misión en el mundo (Efesios 5:23; Colosenses 1:18).

39. Te pierdes de amistades cercanas con personas que invocan al Señor con un corazón puro (2 Timoteo 2:22).

40. Te pierdes recordatorios de vivir una vida centrada en Dios, enfocada en sus planes para el mundo y tu papel en ellos (Efesios 1:3-7; Efesios 3:9­-10).

41. Te pierdes de entender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura, y la profundidad del amor de Cristo (Efesios 3:18).

42. Te pierdes la oportunidad de dar a Dios ofrenda de lo que te ha dado (2 Corintios 9:6-8).

43. Te pierdes la oportunidad de que la Palabra de Cristo more en ti en abundancia por cantos, himnos, y canciones espirituales (Colosenses 3:16).

44. Te pierdes de compartir los sufrimientos de Cristo por llorar con los que lloran y llevar las cargas de otros (2 Corintios 1:3-5; Romanos 12:15; Gálatas 6:2).

45. Te pierdes de dar a conocer la infinita sabiduría de Dios a los principados y potestades en los lugares celestiales a través de la iglesia (Efesios 3:9-10).

46. Te pierdes el potencial de recibir el llamado al ministerio (1 Timoteo 4:14; 1 Samuel 3).

47. Te pierdes el enseñar a otros, en palabra y hecho, cómo seguir a Cristo (Tito 2).

48. Te pierdes el recibir ayuda al luchar contra el pecado y ayudando a otros a luchar contra pecado (1 Pedro 2:11; Santiago 5:16; Gálatas 6:1-2).

49. Te pierdes el apoyar a misioneros como iglesia (Filipenses 4:16-17).

50. Te pierdes ver cómo la iglesia es edificada y fortalecida cuando cada miembro del cuerpo funciona como debe, madurando el cuerpo y edificándolo en amor (1 Corintios 12:12-20; Efesios 4:16).

(Kevin Halloran, Vida Cristiana)

jano«Gracias a Dios ya se nos va acabando la euforia de la saturnalia romana y a la que los profanos llaman “navidad de Cristo”, pero aún no es el final, aún nos queda la festividad de fin de año y la entrada del nuevo año.

Muchos le hablan al año como si éste fuese una persona y se preguntan qué pedirles al año nuevo, como si el año en sí mismo tuviese capacidad de pensar, sentir u obrar ¿A qué se debe esto?

Los romanos tenían otra deidad que representaba el pasado y el futuro, una divinidad a la que llamaban JANO, de ahí su etimología en inglés “January”, de donde toma nombre el mes de Enero en el castellano.

Obviamente este dios quedó en el baúl de los recuerdos y nadie rinde culto directo a esta falsa deidad en la actualidad, pero sus malas costumbres y ritos quedaron plasmados en nuestra cultura anticristiana, a la que por cierto hay que culturizar con una visión o cosmovisión correcta del Reino del Mesías. No se trata de sincretizar, ni de poner remiendos nuevos sobre trapos viejos -como ya se hace con la falsa navidad- sino de destruir completamente todo lo que es propio del paganismo para construir una sociedad donde se haga palpable el Reino de Cristo.

Los paganos antiguos, al igual que en la actualidad, hacían todo tipo de rituales y actos supersticiosos para ver cómo les iría en el nuevo año o para que les fuese de la manera que ellos esperaban. Esto en un mundo sin Dios y sin esperanza es de lo más normal, aunque no hay justificación alguna y menos ante los ojos de Dios. Unos usan ropa interior roja, otro las uvas de la suerte, otros el champán, otros van al mar y hacen baños rituales de limpieza, y dependiendo de cada país y cultura harán mil cosas distintas.

Satanás, el padre de toda mentira, sabiendo que tiene al mundo gentil bajo su engaño se ha ensañado con la iglesia, especialmente ahora que la Venida del Señor se acerca y con ella su destrucción ¿De qué manera sutil ha querido introducir sus supersticiones en la iglesia?

Desgraciadamente vemos en las iglesias “cristianas” una especie de brujería y adivinación completamente opuestas al Cristo y al Espíritu de los Evangelios. Encontramos que muchos se reúnen a orar a las 12’00 en punto, como si orar en otro momento careciese de “poder” o fueran oraciones ineficaces. Otros entran en guerras espirituales terribles con un pánico propio de incrédulos ante el nuevo año para que Dios les proteja de los futuros ataques de diablo que consideran “omnipotente”. Hay velas, bullicios, llantos, gritos, frenesí y todo tipo de desorden más propio del culto a los baales durante los tiempos de Elías que del culto regulado por el Dios vivo y verdadero ¿No hacen esto los paganos con otras maneras y formas pero con el mismo espíritu? Se acercan a las iglesias buscando a sus profetas o apóstoles de turno para que les digan qué les va a acontecer durante el nuevo año como si se tratara de una especie de adivino o astrólogo, o una especie de “horóscopo cristiano”, entrando así en un juego tan peligroso en el que el espíritu operante no es otro que el mismo espíritu del maligno que ahora opera en los hijos de desobediencia. Les intriga el futuro y quieren descorrer el velo para saber qué les acontecerá, como si Dios no fuese Señor del 2017 y tuviese todo bajo su control absoluto. Se acercan a Dios con reclamos como si Éste fuese el genio de la lámpara concediendo deseos a niños caprichosos. Para ninguno de estos “cristianos” la Biblia es suficiente ¿Cómo podemos llamar a todo este tipo de actos, ritos y formas de culto sino “brujería cristiana”? Quieren saber cómo le irán los negocios, si su familiar enfermo sanará, si deben cambiar de domicilio, si se casarán o si los asuntos que tienen en litigios les serán resueltos.

Pocos piensan en que Dios hará lo que quiera hacer, que su voluntad es perfecta, que las cosas ocultas son de su incumbencia exclusiva y que a nosotros solo nos corresponde tomar la cruz de Cristo y seguir adelante hasta alcanzar la gloria.

¿Quieres saber lo que te depara el 2017 como cristiano? Te esperan tentaciones, pruebas, adversidades, oposición y aflicciones por causa de Cristo si verdaderamente eres su discípulo y llevas Su Palabra. Pero en todo esto la gracia de Dios estará sobre ti para que puedas resistir y mantenerte firme para que hagas Su Voluntad.

Tu voluntad, tus deseos, tus anhelos no son importantes. Tu felicidad tampoco. Cristo no vino al mundo para ser feliz sino para hacer la voluntad del Padre que le había enviado y tú debes mirarlo como lo mira Cristo, pues para eso eres un seguidor/a suyo. Si Cristo hubiese buscado la felicidad personal no hubiese muerto en la cruz y no habría salvación para el pecador. Tampoco vino para hacerte feliz a tí sino para sacarte de la inmundicia y hacerte santo por su sangre derramada.

Dijo Martin Luther King que no estamos aquí para ser felices sino para hacer la voluntad de Dios por encima de todas las cosas, pase lo que pase y cueste lo que cueste ¡Ese es el Espíritu del Evangelio! Huye de los profetas susurradores, de los pastores halagüeños, de los labios lisonjeros…¡Parate firme, toma tu cruz y lleva con la cabeza alta los oprobios de Cristo! Recuerda que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la Gloria venidera que ha de manifestarse en los que son de la fe de Jesús, y recuerda que esa Gloria no es aquí sino en la ciudad celestial, la que ya se aproxima junto al Gran Rey. Huye de esos “cultos de adivinadores”, no vayas tras hombres iluminados ni tras profetas falsos que engañan al pueblo de Dios prometiendo paz y prosperidad o regalando ministerios a diestro y siniestro. Acude con un corazón contrito ante el Dios Todopoderoso, el cual, hasta ahora, permanece sentado en su Trono de Gracia para darte Su socorro. Cristo es suficiente. Su Palabra es suficiente. El Señor Viene Pronto. Amén!»

Pr. Juan Sanabria Cruz

(el Pr. Juan Sanabria es pastor de la Iglesia Cristiana Reformada en Gran Canaria, Islas Canarias)

corintiosLa iglesia de Corinto era una iglesia con muchos problemas. Pablo tuvo que escribir dos cartas porque muchos fueron los puntos que trato en ellas. Corinto era una iglesia con muchas necesidades. Necesitaban enseñanza, necesitaban disciplina, necesitaban ser corregidos, necesitaban ser orientados, necesitaban lideres. ¿Que iglesia hoy no tiene problemas y necesidades? Ante un mundo cada vez mas mundano, se necesitan iglesias cada vez mas santas y centradas en la verdad del evangelio.

Es por eso que hemos comenzado una serie de mensajes basados en la 1ra carta a los Corintios. El pastor del Ministerio HIspano de la Iglesia Presbiteriana de Old Cutler, Dr. Alejandro Cid, ira abordando los diferentes temas que esta carta desarrolla, para la buena edificación de la iglesia de hoy. Comenzaremos compartiéndoles los dos primeros mensajes, luego iremos añadiendo los demas a medida sean predicados. Que el Espíritu Santo use estos sermones donde quiera que sean escuchados para traer bendición a la iglesia de Cristo!

apasionados2Decir que somos salvos por Jesucristo y no participar activamente en su iglesia es una gran contradicción. La iglesia es el cuerpo de Cristo. El derramo su sangre por ella. ¿Que tan apasionado y comprometido estas con el reino de Dios y con la iglesia? Hay dos grupos en cuanto a eso: los que coquetean con la iglesia, y los que están apasionadamente comprometidos con ella. Lamentablemente, la mayoría de las personas se acuerdan de la iglesia y de Dios cuando le llegan problemas y dificultades. Que no sea así en el pueblo de Dios. Donde este tu tesoro, ahí estará tu corazón. Es nuestra oración que vuestro corazón este puesto en el reino de Dios y en su iglesia.

Mensaje de la Palabra de Dios predicado por el pastor del Ministerio Hispano de la Iglesia Presbiteriana de Old Cutler, el Dr. Alejandro Cid. Abril 26/2015

Ignorada, muy criticada, mal comprendida, y mucho menos estudiada. El bautismo de los niños de la iglesia es una doctrina tabú para muchos, malestar para otros, y rechazada desde el prejuicio antiromanista para la gran mayoría. Lo cierto es que esta doctrina forma parte de la doctrina bíblica, apostólica y reformada. El error anabaptista del bautismo ha sustituido esta verdad bíblica, y hace que muchos creyentes crean que están en lo correcto privando a sus hijos pequeños del bautismo bíblico.

Con el propósito de traer luz al tema y despejar muchos prejuicios es que traemos esta porción del libro “Las Bases Bíblicas para el Bautismo de Infantes” de D. H. Small. Considero este resumen como bastante abarcativo para mostrar la relación que hay entre el Pacto de Dios, la iglesia, y el bautismo de los niños. Los argumentos son contundentemente bíblicos, y la explicación es clara. No se puede separar el bautismo de los niños de la iglesia visible y a su vez separar ambos del Pacto de Dios con su pueblo.

Que Dios lo use para que muchos creyentes puedan comprender que han estado dando coces contra el aguijón, y que bautizar a nuestros hijos en la iglesia no es un error, ni una tradición romanista, sino un mandato de Dios para su pueblo. Un mandamiento basado en el amor que tiene por sus corderitos mas pequeños.

En el amor del Señor,

Felipe

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pecado originalEL PACTO, LA IGLESIA, Y EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS*

Adán fracasó como cabeza representativa de cuya responsabilidad dependía el destino de la raza. El no cumplió su parte en los términos del convenio. Violó y anuló el pacto de obras cuando prefirió ejercitar una voluntad independiente. Adán se convirtió en una criatura por completo indigna, sujeta solamente a juicio. Tal obstinación por parte del hombre, la criatura, atacaba a Dios como Dios. El pecado es esencialmente, por creación, independiente del Creador; algo mucho peor que la indiferencia a los derechos soberanos de Dios sobre el hombre. El pecado se engendra cuando la criatura actúa fuera de los términos de obediencia establecidos en el pacto por Dios.

La mayor consecuencia del pecado de Adán consistió en que, habiéndosele puesto en el rango de cabeza representativa de la raza, la culpa de su pecado fue cargada a su posteridad. Con absoluta certeza enseña Pablo en Romanos 5: 18-19 que la culpa de Adán fue transferida a su raza. Todos los hombres se encuentran en la misma relación en que estuvo Adán con respecto a Dios, por virtud del principio de imputación. Las Escrituras exponen claramente que este principio fue establecido por Dios. El pecado de Adán se imputa a su posteridad. Aquí aparece la parte opuesta de la condición del pacto, que prometía bendición a la posteridad de Adán como resultado de la obediencia. A causa de la culpa de Adán todo el género humano es culpable delante de Dios; condenado por la transgresión de Adán. Pensemos: ¡El hombre es condenado por el pacto! Fue por medio de un pacto divino como el hombre encontró una ocasión para pecar contra Dios e incurrir en la condenación divina. Contra tal posibilidad se establece la gloriosa alternativa de que por medio de otro pacto más, el hombre encontrará oportunidad para su restauración y bendición. El último fin puede ser, entonces, la más alta bendición posible: la bendición de una relación redentora con Dios.

Pero desde el momento que Cristo, como Representante del Hombre, cumplió el pacto de obras, este quedó invalidado por el pacto de la gracia, y es solamente el pacto de gracia el que rige la buena acogida del hombre por Dios. Ya que Cristo mismo satisfizo las condiciones impuestas al hombre, Dios es libre de conceder toda bendición al hombre. La condición única impuesta ahora al hombre es que él debe reconocer su extrema necesidad por el pecado, y depositar toda su confianza en el sacrificio expiatorio del Salvador. De esta manera, Dios distingue entre los que se beneficiarán por el sacrificio de Cristo, y los que no recibirán dicho beneficio. Este es, seguramente, un pacto de gracia, pues Dios con benevolencia permite a un Fiador cumplir nuestras obligaciones, ¡y Dios mismo provee ese Fiador en la Persona de Su propio Hijo! Una distinción que hagamos aquí, podrá servir posteriormente para aclarar la diferencia entre el eterno pacto de redención, hecho en el pasado de la eternidad dentro de la Divinidad, y el pacto de gracia, hecho en el tiempo con el hombre pecador. Recuérdese que el pacto de la redención fue trilateral. Se estableció dentro de la Deidad cuando las tres Personas Divinas llegaron a un acuerdo trilateral, asumiendo cada una un papel específico que concordaba juntamente en el Gran Plan. El pacto de gracia sigue y desarrolla el pacto eterno de redención. Es unilateral; su institución no depende del hombre en forma alguna. Lo que Dios decretó hacer, El mismo se encarga de hacerlo. El se compromete hacia el hombre en una garantía del pacto. Es unilateral porque se origina solamente en Dios; sus condiciones y beneficios están establecidos solamente por Dios, e impuestos al hombre por Dios. La elección divina asegura el hecho de que habrá ciertos beneficiarios de este pacto de gracia, y que la redención está efectuada en los elegidos por el Espíritu Santo. ¡Lo que Dios quiere está asegurado por la elección divina! Pero decir que este pacto de gracia es unilateral, no quiere decir que es incondicional. Dios impone también una condición al individuo: esta debe ser la respuesta del arrepentimiento al pecado y la fe en el Salvador.

Tal vez la idea de un pacto unilateral, con una condición impuesta por una parte sobre la otra, se comprenda mejor viéndola por analogía. Hágase la siguiente: los padres pueden proveer financieramente por su hijo estableciendo un fideicomiso. Pueden estipular, sin embargo, que el monto del depósito le será otorgado solamente con la condición de que los primeros $8,000.00 sean usados por el niño para asegurar su educación universitaria. El niño puede perder su derecho al depósito por rehusarse a concurrir a la Universidad; está en su derecho. Esto hace imposible llevar a cabo el propósito del fideicomiso; pero de ningún modo la cancelación altera el propósito de los padres que tomaron el fideicomiso; ni lesiona la buena fe del ofrecimiento inherente a los términos del contrato. Nótese también que hasta que el hijo se rehúsa a satisfacer las condiciones del fideicomiso, se presume que él será el beneficiario del contrato, y se le trata como si efectivamente así fuera a ser. Del mismo modo, un heredero del pacto de gracia puede renunciar a sus derechos de pacto rehusando arrepentirse del pecado y recibir al Salvador. Esto lo hace con toda responsabilidad cuando ya está en edad. Obrando de esta manera nulifica el pacto, por lo que respecta a cualquier beneficio que le concierna; pero con ello no altera la institución del pacto de gracia hecho por Dios. Como veremos, el aspecto práctico de esto se ve en la presunción de que los niños, que son herederos de padres creyentes, tienen que recibir, como es de presumirse, la gracia ofrecida y han de ser considerados de acuerdo con esto.

Enseguida del diluvio Dios prometió nunca volver a juzgar a la tierra en esta forma. Antes bien, ante el igual rechazo, cada vez mayor de la creciente multitud del pueblo, Dios hubo de separar una familia y llamarla para sostener la promesa del pacto. Una comunidad que pactaba iba a formarse. La comunidad que pactaba iba a ser una nación que pactaba. Es interesante sólo el notar que, en la forma novo testamentaria de la comunidad del pacto, el pueblo de Dios es llamado linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido. (Véase I de Pedro 2: 9). También es interesante tan sólo observar que, como en el principio, la promesa del pacto fue universal, así en Cristo la promesa del pacto vuelve a ser promesa universal para todo el género humano.

ABRAHAM

Se dio un paso básico cuando Dios llamó a Abraham. Con él se estableció en la tierra la comunidad del pacto. De Abraham provendría un pueblo escogido. Esto se manifiesta primero en Génesis 15: 1-18. Dios dio a Abraham las condiciones para establecer tal comunidad del pacto: una iglesia terrenal hecha con un pueblo apartado del mundo OXYGEN Communication Companion Vol 12incrédulo que los rodeaba, por la redención gratuita de Dios. Esta comunidad del pacto, la familia de Abraham, llegaría a ser una iglesia que un día abarcaría a una nación distintiva. El establecimiento de la comunidad del pacto con Abraham marcó el principio de una iglesia institucional, cualquiera que sea la definición verdadera de una iglesia. Dios le dio vida a la comunidad del pacto en este punto de la historia de la redención, e hizo a Abraham cabeza de ella. Dios se prometió a Sí Mismo con Abraham y con su posteridad en esta relación de pacto, estableciéndola sobre Sus invariables promesas. Desde el tiempo en que formó por primera vez una comunidad terrenal de pacto con Abraham, Dios ha tenido siempre una iglesia sobre la tierra, perpetuando las promesas del pacto por medio de esa Iglesia.

En los tiempos anteriores a Abraham había lo que podría llamarse “la iglesia del hogar”, pues había familias en las que la verdadera religión de la fe en el pacto encontró expresión. Pero, como podría esperarse, las bendiciones espirituales se hicieron mucho más patentes por el establecimiento de la comunidad del pacto con Abraham. Progresivamente a través de la historia del desenvolvimiento del pueblo del pacto de Dios, hay una comprensión y aplicación mejores. Pero debido a que Abraham fue la primera persona con quien Dios estableció el pacto en términos de una comunidad del pacto distinta, se le llama a él, con derecho, “el padre de todos los creyentes”. (Romanos 4: 11).

A medida que la familia de Abraham se desarrolló en las doce tribus, el pacto se reafirmó. Y cuando las tribus formaron la nación de Israel, Dios las separó de todas las naciones de la tierra. El mismo hecho de que la nación se haya formado fue por acuerdo divino. Israel, como nación, fue entonces el pueblo elegido de Dios, constituyendo Su reino terrenal y Su iglesia. Israel fue una teocracia, una nación directamente gobernada por Dios. Ellos, en reciprocidad, habían de gobernar en el nombre de Dios; guardarían Sus mandamientos; sostendrían Su culto; y se constituirían en Sus testigos en el mundo. Como parte central de su culto, Dios les señaló ordenanzas tanto sacramentales como no sacramentales. Las ordenanzas sacramentales eran señales y sellos de la relación del pacto.

MOISÉS

En la dispensación Mosaica la iglesia y el estado se identificaban. Ninguno podía ser miembro de uno sin ser miembro del otro. La nación no era más que la comunidad del pacto. La marca que certificaba a cada miembro varón como integrante de la nación, era la misma que lo identificaba como miembro de la congregación del pacto: la circuncisión. Durante el gobierno de Moisés se nombraban ancianos, a quienes se les daba autoridad oficial en asuntos de estado. Los sacrificios, las fiestas, y aún la Pascua, eran simultáneamente promesas nacionales y religiosas. La iglesia en la nación fue especialmente creada para mantener vivo, de generación en generación, el conocimiento de las promesas redentoras de Dios. Y el principio para la perpetuación del pacto de relación era a través de los herederos de las promesas del pacto: los hijos de los creyentes que llevaban la señal y el sello del pacto.

El pacto establecido con Moisés era esencialmente el mismo que se estableció con Abraham. La forma era diferente y moisestambién su administración; pero la unidad de los dos pactos se expresa en pasajes tales como Salmo 105: 8-10: “Acordase para siempre de su alianza, de la palabra que mandó para mil generaciones, la cual concertó con Abraham y… a Israel por pacto sempiterno”. Recuérdese: Israel no existía en la época de Abraham; Israel comenzó con Moisés y en el Éxodo. Si el pacto con Moisés fue un pacto de obras, como algunos insisten, entonces no era un pacto de gracia. Es fácil confundir la Ley que fue impuesta a Israel con el pacto de salvación. El pueblo de Israel era salvo por gracia, no por obras de la ley. La ley y sus consecuencias le fueron impuestas como un elemento condicional agregado al pacto, pero no para la salvación. Las bendiciones externas se hicieron incidentales para el cumplimiento de la Ley. (Deuteronomio 28: 1-14), pero la Ley fue dada con un propósito doble, en conexión con el pacto de gracia: (1) para aumentar la conciencia del pecado y la subsecuente necesidad de gracia (Romanos 3: 20; 4: 15; Gálatas 3: 19-21); y (2) para ser un ayo para llevarnos a Cristo. (Gálatas 3: 24).

Esto es discutido por los que no pueden ver la unidad del pacto de la gracia como el único medio por el que Dios está ejecutando, en el tiempo, el eterno pacto de la redención. Algunos oponen la dispensación de Moisés a la de Cristo para separarlas por completo, olvidando prácticamente la verdad de que todos han sido salvos por sólo la gracia, desde Adán hasta la última persona en la presente dispensación. Hay un camino de salvación, un pacto, y un Mediador y Salvador. La etapa de la revelación del Antiguo Testamento que es normativa para la comprensión de los propósitos redentores de Dios, no es la Mosaica, sino la de Abraham. Es la promesa hecha a Abraham que sigue adelante a través de la dispensación de la Ley de Moisés y hasta el presente. Especialmente Gálatas 3, que enseña que el pacto de Abraham es el mismo pacto bajo el cual los creyentes son salvos. Explícitamente se enseña que el pacto de Moisés no hace a un lado, en ningún sentido, al pacto hecho con Abraham.

La institución de la Ley fue, después de todo, esencial secundariamente para la revelación del pacto hecha a Abraham. Esto debería ser claro ante algunas referencias del Nuevo Testamento. En Romanos 5: 20, por ejemplo, leemos: “La Ley empero entró para que el pecado creciese”. El período de la Ley en Israel fue, por así decirlo, un largo paréntesis en la historia de la redención, interpolado entre la promesa para Abraham y su cumplimiento por Cristo. “Porque si la herencia es por la Ley, ya no es por la promesa; empero Dios, por la promesa, hizo, la donación a Abraham. ¿Pues de qué sirve la ley? Fue puesta por causa de las rebeliones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa”.  (Gálatas 3: 18-19). No necesitamos sino recordar la primera palabra de Dios a Moisés, cuando le llamó desde la zarza que ardía para hacer de él el gran libertador de Israel: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Esto es muy claro en conexión con los nuevos principios de vida nacional y religiosa después del último regreso de Israel del Exilio en Babilonia bajo la dirección de Esdras y Nehemías; “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios, desde el siglo y hasta el siglo; y bendigan el nombre tuyo, glorioso y alto sobre la bendición y alabanza… Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste a Abram, y lo sacaste de Ur de los Caldeos, y pusiste el nombre Abraham. Y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste con él alianza… y cumpliste tu palabra, porque eres justo”. (Nehemías 9: 5, 7, 8). Aquel pacto subsidiario, hecho posteriormente con Moisés, no podía anular ni alterar el pacto anterior dado a Abraham. “Esto, pues, digo: que el contrato confirmado de Dios para con Cristo, la ley que fue hecha cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa”. (Gálatas 3:17). Al pacto de Abraham se le hizo adición, por la administración Mosaica, de ciertas ordenanzas locales y temporales. Pero por ningún motivo ampliaba, disminuía o cambiaba en forma alguna el carácter original de la existencia y derechos de la iglesia. La iglesia, bajo el régimen anterior y bajo el régimen del evangelio, está constituida, por lo que se refiere a su carácter y membrecía, por el mismo pacto de gracia. Ella constituye la misma sociedad en su naturaleza, sus privilegios esenciales, y sus verdaderos miembros.

La prominencia del pacto es tan grande, que a las palabras de Dios se les llama “las palabras del pacto”. Las ofrendas, el sábado, etc., se instituyeron como señales de la alianza perpetua. (Véase Números 18: 19: Éxodo 31: 16; II Reyes 23: 3; II Crónicas 34: 31). A las Escrituras se les llama “el libro del pacto”. A la sangre de los sacrificios se le llamaba “la sangre del pacto”. (Éxodo 24: 8; Hebreos 9: 18-21). Los textos por citar son innumerables. En cada etapa importante de la revelación de Dios referente a Su plan redentor, se hace énfasis en el pacto. En la época de los Jueces el tema del pacto es sobresaliente. (Jueces 2: 1-20, etc.). Dios renovó Su pacto con David. (II Crónicas 13: 5). En su último canto, David cantó al pacto. (I Crónicas 16:14 ss; II Samuel 23: 3-5). Salomón celebra la fidelidad de Dios a Su pacto. (I Reyes 8: 23 c). En el reinado de Joachás, Dios es misericordioso para con los israelitas en virtud de Su promesa de la alianza. (II Reyes 13: 22-23). Las oraciones intercesoras tanto de Jeremías como de Daniel están basadas en el pacto. (Jeremías 14: 20 ss.; Daniel 9: 4). Muchos otros casos podrían citarse, pero estos son suficientes para establecer el punto.

DESARROLLO DEL PACTO EN EL NUEVO TESTAMENTO

El pacto de gracia, como se revela en el Nuevo Testamento, es el mismo esencialmente. Es enteramente impropio representar los dos Testamentos como si formaran un contraste esencial, según se ha hecho algunas veces en enseñanzas extremas de las dispensaciones. Esto resultaría evidente de una consideración cuidadosa de Romanos 4 y Gálatas 3. La expresión “nuevo pacto” está debidamente explicada por el hecho de que su administración difiere en un número de formas, haciéndolo “nuevo” desde el punto de vista del pacto Mosaico o pacto “antiguo”, frente al cual se erige en cuanto a su administración. Por ejemplo, bajo la dispensación del Nuevo Testamento la promesa del pacto es universal, extendiéndose a todas las naciones, y no sólo a Israel. Cuando la iglesia se identificó con Israel, la nación, y Dios estaba probando a la iglesia como una teocracia, la bendición universal prometida a través de Abraham fue por un tiempo determinado, aún cuando posteriormente se añadió la Ley por un tiempo. Pero esta particularidad desapareció una vez que hubo cumplido su propósito. La Dispensación del Nuevo Testamento trae bendiciones mucho más ricas corno consecuencia de la venida del Salvador y el descenso del Espíritu Santo para habitar en el creyente, y formar la iglesia como el cuerpo de Cristo. Su dispensación difiere en una forma apropiada a una iglesia que reflexiona sobre la expiación consumada por Cristo. Hoy la iglesia tiene un Sumo Sacerdote celestial; la completa revelación del evangelio en Cristo. La iglesia ya no es nacional. La Ley que fue añadida en el tiempo de Moisés ya no está en vigor. Así, en muchos respectos, la ampliación de las bendiciones del pacto constituye el pacto en la nueva dispensación, un pacto “nuevo”. Sin embargo es esencialmente el mismo pacto de gracia, que es el fundamento de la redención para los creyentes de todos los tiempos.

Para algunos persiste el problema: ¿Cómo puede ser un pacto y muchos pactos en uno y simultáneamente? ¿Cómo podía el pacto de gracia ser el “antiguo” pacto antes de la venida de Cristo, y el “nuevo” pacto después de que El vino?

Hay un pacto de gracia básica en el fondo; este es el pacto de relación entre un Dios misericordioso y una raza pecadora. Esto da continuidad a todos los acuerdos redentores de Dios con el hombre; pero la forma de relación del pacto sufre suficiente cambio en su administración, como para justificar distinciones en la Escritura. Podemos hablar de la forma edénica del pacto, o de la forma abrahámica, o de la forma mosaica, o de la forma novo testamentaria La virgen María vio, en el nacimiento de su hijo, la fidelidad de Dios en conexión con Su promesa del pacto. Ella se regocijó en el pacto hecho con Abraham. (Lucas 1: 50-55). Sil-neón también expresó su fe en el cumplimiento del pacto. Zacarías, el sacerdote padre de Juan el Bautista, canta el cumplimiento del pacto: “Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y hecho redención a su pueblo. Para hacer misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santo pacto; del juramento que juró a nuestro padre Abraham”. (Lucas 1: 68-79). Malaquías había dicho que Cristo cumpliría el pacto (Malaquías 3: 1), y esto lo confirma abundantemente el Nuevo Testamento (Hebreos 7: 22; 8: 6; 9: 15; 12: 24). En Hechos 13: 32 y ss. Leemos que Su resurrección tuvo lugar en virtud de la promesa del pacto. Cristo afirmó que Abraham se gozó por ver Su día. (Plan 8: 56 sigts. Cf. Lucas 24: 27). Pablo también asegura que el evangelio fue predicado de antemano a Abraham. Consecuentemente, a los hebreos se les describe como los que habían esperado en Cristo antes de su venida, porque ellos recibieron el evangelio. (Gálatas 3: 8; Efesios 1: 12). Así también, cuando el Espíritu Santo vino con poder sobre los apóstoles en Pentecostés, notamos cuán a menudo cita nuevamente en sus primeras predicaciones públicas a Abraham y a la iglesia de su casa. Como los constructores maestros de la iglesia bajo la dispensación del Nuevo Testamento, los apóstoles parecen restituir todas las peculiaridades temporales de la legislación mosaica, para construir nuevamente sobre las líneas del pacto de gracia como se estableció con Abraham y su simiente, para siempre. Fue el punto de partida del discurso de Esteban. (Hechos 7: 2-8). El pacto fue el centro en el primer sermón de Pedro después del Pentecostés. (Hechos 3: 12-26). Pablo habló delante de Agripa de la conexión entre la promesa hecha a Abraham y la esperanza de Israel durante el período Mosaico: “La esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres; a la cual promesa nuestras doce tribus… Esperan que han de llegar”. (Hechos 26: 6-7). Así, el pacto es el punto de partida para la defensa de Pablo ante Agripa.

Pablo afirma la permanencia del pacto (Gálatas 3: 17), y enseña que los creyentes cristianos son los hijos de Abraham. (Gálatas 3: 7, 26, 29; 4: 21, 23, 28). El creyente es justificado por la misma fe como lo fue Abraham, y recibe las mismas promesas. (Romanos 4). Los gentiles son extraños al pacto, y deben ser traídos a él por conversión. (Efesios 2: 12). Las condiciones de salvación reveladas en el pacto permanecen iguales. (Génesis 15: 6; Romanos 4: 11; Hebreos 2: 4; Hechos 15: 11; Gálatas 3: 6; Hebreos 11: 9). El escritor de hebreos habla del pacto inmutable. (Hebreos 6: 3-20). Pablo se refiere a los apóstoles como “ministros del pacto”. (II Corintios 3: 6). Y el último eco del pacto se oye en Revelación 21: 3, donde las mismas palabras repetidas tan a menudo en el corazón del pacto, se reiteran por última vez; una consumación apropiada de la revelación bíblica. A pesar de las grandes diferencias al administrar el pacto nueva dispensación, es claramente el mismo pacto de gracia en vigor. Esto se ampliará en la discusión de la iglesia y los sacramentos. Ahora la cuestión crucial es: ¿Qué lugar tienen en la comunidad del pacto los hijos de los creyentes? ¿Es su lugar esencialmente el mismo en las dispensaciones antigua y nueva? ¿Es válido deducir que, ya que los infantes herederos tenían un lugar en las promesas del pacto bajo la antigua dispensación, deben tener uno similar bajo la nueva? ¿Qué evidencia tomada de las ordenanzas sacramentales sostiene tal punto de vista?

PARTE II: PROVISIÓN PARA LOS NIÑOS DE LOS CREYENTES DEL PACTO

EL PACTO DEL EDÉN

Aún desde el primer pacto entre Dios y el hombre, el pacto de obras con Adán, se incluyó a los infantes. Esto está demostrado por el hecho de que las consecuencias de la desobediencia de Adán, se transmitieron automáticamente a sus hijos niños. Esto está perfectamente expuesto en Romanos 5: 12-19. El mismo juicio de muerte que recayó sobre Adán pasó a su simiente. No fue por decisión de los hijos de Adán que ellos fueron miembros de la raza de Adán. No escogieron heredar las consecuencias de las acciones de Adán. Estas relaciones fueron establecidas por Dios, no por el hombre. La unidad de Adán y sus hijos fue señalada por Dios. El hombre iba a ser representado por la cabeza de la raza, quisiese o no. Así el pacto de obras incluyó a los hijos infantes. Todos los hombres son, por naturaleza, hijos de condenación en virtud de su relación natural con Adán. Todos han heredado la naturaleza pecaminosa de Adán, aunque ellos no lo hayan escogido así. La participación de los infantes, como simiente de Adán, en el pacto de obras, trajo la participación de los hijos infantes en la condenación a muerte de Adán. Esto es así por inexorable ley divina. La culpa de Adán se imputa a toda su posteridad. Si alguien objetara que hay algo de arbitrario en imputar sobre su descendencia la culpa de Adán, díganle sencillamente aquí que este gran principio de imputación y representación, es también el fundamento de nuestra redención. La culpa de la raza fue imputada a Cristo y El, como nuestro representante, murió en nuestro lugar. En virtud de Su muerte expiatoria en nuestro favor, la justicia de Cristo se imputa a todo aquel que cree en Su nombre. ¡El principio que maldice a cada niño nacido de la raza caída de Adán, es el mismo principio que forma el fundamento de toda su esperanza!

Como los padres y los hijos eran una unidad dentro del pacto de obras, en el siguiente capítulo veremos que igualmente, por designio divino, son ellos una unidad dentro del pacto de gracia. El uno sigue al otro. Es una ley fundamental en la Escritura que los hijos sean contados junto con los padres.

EL PACTO ESTABLECIDO CON ABRAHAM

Dios estaba dispuesto a establecer con Abraham una comunidad del pacto. Y ya que este pueblo tenía que ser distinto de todos los otros pueblos y naciones, Dios añadió una señal para distinguirlo. Dios requirió de Abraham que pusiera en ejecución el pacto por medio de una ceremonia que dejaría una señal permanente. La señal que Dios determinó para marcar la ratificación del pacto fue la circuncisión. Desde el tiempo de Abraham hasta el establecimiento de la forma de la iglesia del Nuevo Testamento, que seguía la muerte y resurrección de Cristo, quedó la circuncisión como la señal y el sello del pacto de relación. Y desde el mismo principio este sello y señal fue dado no solamente al creyente adulto, sino también a todos los que él representaba, esto es, a sus hijos. La familia estaba representada por el varón mayor, que era el padre. Los hijos infantes estaban calificados para recibir los privilegios y la promesa de la iglesia, sin ninguna otra ceremonia de iniciación o de admisión. El único rasgo del pacto, como se estableció con Abraham y su posteridad, está precisamente especificado en este punto: los descendientes de todas las generaciones han de ser considerados herederos del pacto tan pronto como se inicie su existencia, Eso es, cada hijo de los padres del pacto, al nacer, viene a ser heredero de las promesas del pacto. No era la circuncisión la que constituía al hijo infante como miembro del pueblo de Dios y heredero del pacto. Más bien era un derecho de nacimiento en el seno de una familia creyente en el pacto. La circuncisión, al octavo día, era meramente la señal y el sello de una relación ya existente. La circuncisión certificaba esa relación. A los pequeños se les investía tan explícita y completamente con parte y título en este pacto y en todo cuanto implicaba, como a sus padres. Tenían que ser considerados y tratados como del número de los elegidos. Esta era la presunción natural desde su nacimiento. Que más tarde un hijo llegara a ser incrédulo, era renunciar a los privilegios del pacto y cancelar esa presunción. La circuncisión de un niño no solamente indicaba su propia relación con la familia de sus padres en relación con el pacto, sino que también implicaba que toda su posteridad propia quedaba incluida en el pacto. Esta es la razón por la cual la señal debía ser una operación física en el órgano masculino asociado con la procreación. Si alguna vez un padre rehusaba o descuidaba el circuncidar a su hijo, se decía: “he roto mi pacto”.

LA DISPENSACIÓN  MOSAICA

El pacto hecho con Moisés en Sinaí, y en vigor durante el resto del período del Antiguo Testamento hasta la resurrección de Cristo y la formación, en Pentecostés de la iglesia del Nuevo Testamento, incluyó también a los infantes. La administración del pacto difería muchísimo, pero ya que era una forma esencial del mismo pacto establecido con Abraham, se conservó la misma señal y el mismo sello. Es muy importante comprender que la circuncisión no fue dada primeramente a la dispensación de Moisés, llamada comúnmente la dispensación de la Ley. Más bien continuaba en esa dispensación porque significaba y sellaba el mismo pacto dado a Abraham 430 años antes. Cuando Moisés estaba por dejar al pueblo, se dirigió a ellos como si estuvieran delante del Señor su Dios, con sus hijos pequeños y sus esposas, para entrar en el pacto con el Señor su Dios. (Véase Deuteronomio 29: 9-15).

PROVISIÓN DEL NUEVO TESTAMENTO

En vista del principio sólido de la ratificación y confirmación del pacto a través del Antiguo Testamento, es de esperarse que alguna palabra definida de Dios hubiera de venir al nacer la iglesia cristiana en Pentecostés. Esta palabra podría afirmar la continuación del principio del pacto, o alterarla en algún aspecto específico, o cancelarla por completo. Con toda certeza, los judíos que se hicieron cristianos pondrían serias objeciones a la fe cristiana en este punto. Un principio tan básico no podría dejarse en un estado de incertidumbre. Una de las primeras preocupaciones sería si las provisiones del pacto continuarían o no con respecto a sus hijos. ¿O perderían los hijos los privilegios del pacto de que ya gozaban? ¿Acarrearía la transformación de judíos creyentes a la forma Cristiana de la iglesia la pérdida de los privilegios espirituales de sus niños? Sería difícil exagerar la importancia de este asunto para cada creyente judío que se convertía en cristiano. La respuesta vino en el mismo primer sermón de la nueva dispensación. En Hechos 2: 39 Pedro dice: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”. Pedro primero asegura a los judíos creyentes que la promesa es aún efectiva; no ha habido ningún cambio en el principio del pacto. Entonces Pedro les asegura que la promesa del pacto continúa vigente para sus hijos; en esa provisión no hay cambio ni exclusión. Luego añade Pedro el nuevo concepto del pacto para esta dispensación; un concepto que llegó como un principio enteramente nuevo para los judíos: la promesa será también para todos los que están lejos (esto es: lejos de la comunidad del pacto y de las promesas divinas del pacto). El evangelio es para todos sin excepción ni distinción, desde ahora en adelante. Es para todos los que reconozcan como suyo el nombre del Señor. Y posteriormente Pedro sostiene esta declaración en Hechos 3: 25. “Vosotros sois los hijos… del pacto que Dios concertó con nuestros padres, diciendo a Abraham…” Luego añade: “a vosotros primeramente, Dios habiendo levantado a su Hijo, le envió para que os bendijese…”

En la nueva dispensación, después de la formación de la iglesia en Pentecostés, la predicación de las buenas nuevas se restringió al principio a los judíos. Dios continuó manifestando Su gracia al pueblo de Su pacto. No obstante que ellos crucificaron al Señor Jesús, rechazando oficialmente el cumplimiento del pacto en El, una vez más Dios se volvió a ellos para darles una nueva oportunidad. ¡Cuán grande es Su gracia! El Espíritu Santo había sido dado y la iglesia formada, y el evangelio fue primero a Israel, el pueblo del pacto. Pero pronto se hizo evidente que Israel no se volvería como pueblo, y entonces el evangelio fue dado a los gentiles. A partir de ese tiempo, todos los creyentes adultos llegaron a ser familias del pacto.

Es el propósito expreso de Dios que la promesa de salvación del pacto, vaya normalmente adelante a través de las familias: de padres a hijos. Ha de perpetuarse a través de las generaciones sucesivas de padres creyentes. (“Y este será mi pacto con ellos, dijo Jehová: El Espíritu mío está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tu simiente, ni de la boca de la simiente de tu simiente, dijo Jehová, desde ahora y para siempre.” Isaías 59: 21). ¡Dios no ordena lo que sólo pueda suceder por casualidad o por una remota posibilidad! Los mandatos de Dios, como sus promesas, están proveídos por Su Altísimo Poder. Dios se mantiene preparado para cumplir Sus propios mandamientos. Sus promesas son Sus acciones. Dios no sólo ha dado la promesa a los hijos infantes de los creyentes, sino que también produjo las condiciones necesarias para que las promesas llegaran a ser efectivas en la vida posterior de esos hijos.

Dos pasajes hay en el Nuevo Testamento que deben traerse a consideración y que se añadirán, con su material, a la presente línea de desarrollo. Tito 1: 6 enseña que un hombre está habilitado para ser anciano de la iglesia cuando, entre otras condiciones, tiene “hijos (niños) que creen” (VR). ¡Dios espera que los hijos de los creyentes sean también creyentes! De todos los hombres piadosos aptos para ser ancianos, no eran elegibles aquellos cuyos hijos acababan de hacerse creyentes ¡No! Dios no es caprichoso. Dios está obrando sobre el sólido principio de que, cuando los padres cristianos cumplan sus obligaciones del pacto en favor de sus hijos, esos hijos no sólo conocerán y entenderán el evangelio, sino que tendrán la gracia de Dios para creer. El sello de una verdadera familia cristiana, de una paternidad realmente cristiana, es la de que los hijos, por la adecuada enseñanza de las cosas de Dios, llegarán a ser cristianos también. Una cosa es creer que los hijos de uno probablemente se salvarán; otra cosa es tener la confianza de que los hijos de uno crecerán como verdaderos creyentes, por la observancia fiel del pacto por los padres cristianos. Este versículo enseña, por inducción, lo que muchos otros pasajes enseñan: que cuando los padres instruyen ardientemente a sus hijos de acuerdo con la palabra de Dios, Dios los honrará dando a esos hijos gracia para creer.

El segundo pasaje se refiere a Pedro y su comisión. Pedro era de oficio pescador. Después de su primera pesca milagrosa, el Señor había dicho: “Seguidme y os haré pescadores de hombres”. La ocupación terrenal de Pedro se hizo el símbolo de su discipulado. En los días anteriores a la ascensión, después de la segunda pesca milagrosa, nuestro Señor llama a Pedro no “pescador”, sino “pastor”. Hay una profunda significación en este cambio de símbolo. Una gran diferencia hay entre el pescador que captura lo que ni ha cuidado ni ha alimentado, y sólo busca lo que se encuentra plenamente desarrollado, y el pastor que pone especial atención y cuidado en las crías. De hecho, al cuidar los corderos, toda su esperanza está puesta en el futuro. Cuánto nos recuerda esto el pasaje relativo a Jesús en forma profética: “Como pastor apacentará su rebaño; y en su brazo cogerá los corderos, y en su seno los llevará”. La figura del pescador no daba lugar al Señor para dirigirse a Pedro con una recomendación especial con respecto a los niños de Su iglesia. La profunda importancia de dar el primer lugar a estos pequeños, se sugiere aún en la disposición del mandato final del Señor a Pedro. Tres veces le dijo: “Apacienta mis ovejas”, pero la primera de estas tres veces, de hecho le dijo: “Apacienta mis corderos”. Lo que el Señor dijo a Pedro atañe particularmente a los padres, quienes tienen sus corderillos para guardarlos y criarlos para El. La orden de Cristo a Su iglesia, a través de Pedro, muestra el lugar que los pequeños tienen en Su corazón. Los niños de los creyentes son los corderos de Jesús. Adviértase que El los llama “mis corderos”. Son suyos por derecho, por ser ellos los herederos del pacto de padres que, a su vez, están dentro del pacto de gracia. ¡Hay muchos pastores para cuidar el rebaño de Dios, pero ninguno que pueda cuidar tan efectivamente a los corderos como los padres! Ellos pueden “apacentar” sus corderos y nutrir su crecimiento espiritual desde la más tierna edad. Los pequeños no pueden encontrar pastura por sí mismos; su vida espiritual depende de la posibilidad de que sus mentes y corazones sean instruidos por pastores fieles. Nótese que la forma en que Pedro podría probar su amor a Jesús, no era solamente diciendo: “Tú sabes que yo te amo”, sino obedeciendo también el mandato de Jesús: “Apacienta mis corderos”. ¿.No enseña esto claramente lo que el verdadero amor paternal y la fe pueden realizar en la vida de los niños? Seguramente. “El secreto de Jehová es para los que le temen; y a ellos hará conocer Su alianza”. (Salmo 25: 14).

Dios ha prometido a los padres creyentes que, cuando ellos hayan instruido fielmente a sus hijos en el Señor, pueden estar seguros de que la gracia de Dios actuará. Los niños tienen la posibilidad de confirmar sus relaciones de pacto en años posteriores, y pueden estar seguros de que la gracia está al alcance de ellos, como herederos del pacto, para confirmarlo y hacer suyas, por fe, las promesas. ¿Qué es la herencia que se les ha prometido a estos niños que recibirán? ¿Es su salvación? Ellos no heredan la salvación, pues la salvación no es hereditaria. Las consideraciones defectuosas a este respecto conducen a la doctrina errónea de la regeneración por el bautismo. Los niños heredan las promesas de Dios. Ellos heredan la seguridad de que el favor de Dios está dirigido hacia ellos porque son hijos de los creyentes. Ellos heredan los privilegios de la iglesia. Y los medios de gracia les corresponden por completo derecho. Son hijos privilegiados y seguramente se encuentran entre los que Dios quiere salvar. Independientemente de cualquier acción propia, se les ha contado en el número a los que Dios desea conferir la gracia salvadora. Este mero hecho es una fuente de gran estímulo; también les impone una gran obligación: la de venir a Dios en acto de fe personal. Aunque los hijos de los creyentes entran en el pacto y sus promesas al nacer; y aunque tienen la’ posibilidad de confirmar ese pacto en arios posteriores por fe; y aunque la gracia de Dios está a su alcance para este propósito; y los medios de gracia están operando para con ellos, no todos ejercitarán verdaderamente la fe salvadora. No todos heredarán la bendición prometida. Pero si alguno de estos herederos por derecho no son salvos eventualmente, no será por razón de que la gracia divina no se les haya ofrecido, sino sencillamente porque sus padres fallaron en sus obligaciones de pacto, o porque ellos, conscientemente, rechazaron a Cristo. ¡Ser un quebrantador del pacto es estar bajo una responsabilidad mucho mayor ante Dios! Dios dará gracia a los hijos del pacto que respondan a su instrucción piadosa, pero ¡ay de los hijos del pacto que, conscientemente, desprecian su herencia del pacto! Por el bautismo, el hijo infante de un creyente se hace miembro de la iglesia visible, con derecho a las ordenanzas externas y medios de gracia aplicables a su capacidad de percepción. El beneficio para él, aunque carente del beneficio de la salvación, tiene indudablemente un gran valor. El niño es puesto en contacto, físicamente, con las bendiciones de Dios para Su iglesia. El niño no se constituye en un miembro del Reino de los Cielos, de la Iglesia que es Su cuerpo, pero está dentro del seno de la iglesia, con sus privilegios y medios de gracia. Es como si el niño bautizado de un creyente asegurara un derecho de propiedad en el pacto de gracia, que años después podrá llegar a ser un derecho de posesión por medio de su fe propia, adquiriendo así un título completo para la salvación personal. El bautismo se convierte en un sello de las bendiciones que, con pleno derecho, pueden esperarse cuando en años subsecuentes el niño confirme su bautismo con un acto de fe personal. En el caso de un adulto, el bautismo es un sello presente de la salvación como bendición del pacto, que es suya por fe; en el caso de un infante, es un sello anticipado de la salvación, como bendición del pacto, que puede ser suya por la fe que pueda tener después.

Estas verdades deben enseñárseles a los niños de los creyentes, o por supuesto de nada les aprovechará colocarlos bajo la señal y el sello del pacto. ¡Y por esto resulta espantoso que incontables millares que participaron del bautismo en su infancia en nuestras iglesias, jamás han sido instruidos en las promesas o en las obligaciones! ¿Podría algo ser de mayor importancia dentro de la vida de la iglesia y de sus familias? No es difícil comprender la reacción negativa de los inmersionistas quienes presencian el rito, aparentemente sin significado, como se practica en un vasto número de iglesias. Es causa de profunda contrición por parte de ministros de las Iglesias Reformadas. Y puede muy bien ser que la preciosa verdad que ellos sostienen, no tenga las bendiciones de Dios sobre ella hasta que haya justamente tal arrepentimiento. La práctica de la iglesia nunca puede ponerse por encima de la predicación del púlpito y de la instrucción dada a los individuos que solicitan la administración de la ordenanza sacramental.

La fe de los padres debe comprender que Dios ansía tomar posesión de los hijos como hijos propios. La fe de los padres debe alcanzar y rodear a sus hijos. Cuando los padres estén convencidos de que sus hijos son indudablemente hijos de la promesa, tendrán la esperanza y el denuedo para la tarea de enseñarlos en la tierra con la perspectiva de su herencia en los cielos. El más notable rasgo del principio del pacto, es que toma posesión del mismo poder de la procreación humana para servicio de la redención, transmitiendo las bendiciones de los padres a los hijos. El principio está ilustrado en el caso de Isaac, hijo de Abraham. A causa de Abraham llegó la bendición a Isaac. Dios afirma a Isaac en Génesis 26: 3, 5: “Te bendeciré… por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”. El versículo 24 dice: “Yo soy el Dios de Abraham, tu padre; no temas, que yo soy contigo, y te bendeciré… por amor de Abraham, mi siervo”. Isaac fue circuncidado, y la señal y el sello de la promesa del pacto de Dios, fue al mismo tiempo la señal: de la fe del padre en esa promesa. A medida que Isaac creciera, sería para él una señal y un sello de la fe de su padre, y también de la promesa de Dios y de la fidelidad del pacto. Dios establece Su pacto con los padres no sólo para su seguridad en cuanto a lo que El hará, sino también para fortalecerlos en cuanto a lo que ellos deben hacer. Dios ha revestido a los padres con autoridad santa y responsabilidad. Son los años en que la voluntad del niño está en gran parte en manos del padre, cuando el ejercicio amoroso de la autoridad de los padres tendrá una poderosa influencia. Dios espera que esta influencia sirva a los fines del pacto, y El bendice al padre que la ejerce para los intereses del cumplimiento del pacto.

Cristo, nuestra Pascua, es muerto por nosotros, dice Pablo. Los simbolismos de la fiesta Pascual se cumplieron minuciosamente en Cristo. Mientras esto se aborda en otra parte del presente estudio, baste señalar que no estamos autorizados para pasar por alto el detalle que habla de la sangre, como medio para la salvación de toda la casa. ¡Seguramente la figura no guarda tanta verdad en todos sus detalles corno en este! Todavía es derecho y obligación del padre demandar la sangre redentora para toda su familia. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa, es la palabra del Nuevo Testamento. Esto no quiere decir que los niños se salven de algún modo automáticos, independientes de su fe personal. Pero sí sugiere el principio constante de que la fe del padre puede asegurar las bendiciones de su hijo, siendo el medio de gracia por el cual el niño llegará a conocer a su Señor y a confiar en El. Y nuestra figura de la Pascua enseña que padres e hijos se mantienen unidos bajo la protección de la sangre que es rociada, espiritualmente, sobre el dintel del hogar. Cada año, en Israel, los padres tenían que renovar el rociamiento de la sangre del Cordero Pascual. Ahora la sangre del Cordero de Dios ha sido derramada una vez por todas, y los padres ya no necesitan renovar la consagración de sus familias por acto alguno. Ellos pueden continuamente consagrar sus familias, sin embargo, en la confirmación de su fe en que el Cordero Pascual, Cristo Jesús, ha sido dado por los padres y por sus hijos.

La educación, por supuesto, es más que la enseñanza. Enseñar es hacer que un niño sepa y comprenda; educar es influenciarlo para que él haga lo que sabe que debe hacer. La enseñanza sólo tiene que ver con la mente; la educación tiene que ver con la mente y la voluntad. En los niños los hábitos preceden a los principios; los sentimientos preceden a los juicios. La vida, en su principio, se distingue por su susceptibilidad a las impresiones. El padre busca crear un sentimiento y un hábito favorables a lo bueno y a lo recto. El poder de la educación estriba, no tanto en lo que el padre dice, corno en lo que el padre hace. ¡La voluntad y el ejemplo del padre, mostrando que él escoge, desea y ama lo recto, es la dinámica de la Educación!

PARTE IV. LA IGLESIA COMO LA COMUNIDAD DEL PACTO DE DIOS

UNA IGLESIA A TRAVÉS DE TODAS LAS DISPENSACIONES

iglesia2Difícilmente puede haber alguna duda de que [en Romanos 11] el árbol representa al pueblo redimido de Dios en todas las edades, el cuerpo o comunidad del pueblo que cree, que adora y que testifica: la iglesia. Israel no es la raíz o el árbol, sino más bien las ramas naturales del árbol. Todos los redimidos son uno en la redención del pecado, unidos unos con otros por su unión común con el árbol. Israel abarca las ramas naturales puesto que Dios eligió primero a Israel, como nación, para llegar a ser la iglesia en esa dispensación, una iglesia identificada por un tiempo con la nación, a fin de que pudiera haber una teocracia sobre la tierra. Fue a través de Israel como la bendición prometida a Abraham tenía que alcanzar a todo el mundo. Por medio de Israel, Dios propuso revelarse a Sí Mismo y revelar a su Salvador a todos los hombres. Cuando eso hubiera ocurrido la iglesia aparecería, en todas las edades, más obviamente como una. Pero cuando Israel fracasó en sus funciones por el pecado, Dios cortó a Israel como las ramas naturales, y se hizo necesario un gobierno totalmente nuevo. El olivo no había de morir, ni Dios iba a estar sin una iglesia sobre la tierra. Dios se volvió de los judíos a los gentiles para constituir la iglesia bajo su forma del Nuevo Testamento. Es importante notar que cuando las ramas naturales, Israel, fueron cortadas del árbol, el árbol no fue destruido. ¡De ninguna manera! La raíz, el tronco y la grosura quedaron, y los gentiles sencillamente fueron injertados en el mismo árbol. ¡El árbol es idéntico en sí mismo! ¿Puede algo hablar más claramente de la continuidad dentro de las iglesias en los Testamentos Antiguo y Nuevo? Este es el pueblo redimido de Dios, corporizado visiblemente sobre la tierra como Su comunidad del pacto, Su único testigo en el mundo.

El asunto se afirma cuando Pablo dice que los judíos serán traídos otra vez al árbol: “injertados en su propio olivo”. De manera que realmente no es importante a nuestro estudio, si algunos insisten o no, en diferenciar la iglesia del Nuevo Testamento del Israel del Antiguo Testamento. El punto importante está en que el pacto de gracia se estableció en una comunidad del pacto con Abraham, y es el mismo pacto en que se basa la salvación para todos los tiempos. Así, como Pablo explica tan claramente en Gálatas 3, hay la misma referencia al pacto tanto en el Israel del Antiguo Testamento como en la Iglesia del Nuevo. Esto, a su vez, afecta a las ordenanzas sacramentales que, aunque diferentes en forma, se relacionan una con la otra porque están relacionadas al mismo pacto. El advenimiento del Espíritu Santo, siguiendo al acto redentor de Dios en Cristo, originó una vasta diferencia en cuanto a qué señal y qué sello eran los apropiados.

Lo que sigue en este estudio no se revelará en su fuerza lógica si no logramos comprender, en este punto, la identidad de la iglesia en todos los tiempos. La iglesia del Nuevo Testamento debe verse como la reproducción de la iglesia en el Antiguo Testamento. Esta identidad se ve posteriormente en la relación que Cristo, como Mediador, guarda con la iglesia en todas sus dispensaciones. Desde el principio El ha sido el Profeta, el Sacerdote y el Rey de la iglesia. El es el único Redentor. La salvación es solamente por la gracia de Dios que limpia todo pecado en la sangre de Cristo. En ningún período ha existido la iglesia de Dios, sino por la presencia y el poder de Cristo. En diferentes épocas, Cristo se ha manifestado a Sí Mismo de diferentes maneras, y la participación de dones y bendiciones ha variado desde Su muerte y Su resurrección. Pero el pueblo beneficiario de la gracia redentora de Dios siempre ha sido la iglesia terrenal de Cristo, el Mediador y Redentor.

La iglesia de Cristo, como se presenta en el mundo, tiene un carácter visible y corpóreo, y está poseída por ciertos privilegios externos y ordenanzas, por los cuales se le conoce a’ la vista de los hombres. Esto es enteramente distinto de su carácter interno y espiritual, por el que se le conoce a la vista de Dios. Toda ordenanza externa, como consecuencia de esta situación, se administra a incontables personas que son solamente creyentes nominales. Debemos ver que esto no es razón para tener en poca estima las ordenanzas de Dios.

Como Dios no ha dado al hombre el poder de escudriñar el corazón y conocer la mente, tampoco ha impuesto al hombre ningún deber que implique la posesión de tal poder. En otras palabras, nuestro Señor no ha encomendado a los hombres la tarea imposible de formar una iglesia terrenal que consista exclusivamente de personas regeneradas. Las condiciones de admisión a la iglesia organizada no pueden ser prueba infalible de regeneración. Debe reconocerse, como lo reconocieron claramente los Reformadores, que es absolutamente imposible establecer un principio de trato para los hombres, conforme a su estado a la vista de Dios. No solamente no se nos pide, sino ni siquiera se nos permite, demandar evidencias de regeneración satisfactorias para nosotros mismos, como una condición para aceptar miembros de la iglesia. De modo que mientras a la vista de Dios realmente ninguno es miembro de la iglesia, excepto los regenerados, sin embargo, a muchos que no han sido regenerados del corazón debe considerárseles válidamente dentro de la iglesia. Esta distinción en la práctica no sólo es necesaria e inevitable, sino que sostiene la administración de las ordenanzas sacramentales, también. Preguntar: “¿Quienes constituyen la iglesia a la vista de Dios?” es responder: “El verdadero pueblo creyente de Dios”. Pero luego al preguntar: “¿Quienes constituyen la iglesia a la vista del hombre?” es necesario responder: “Los que profesan creer en Cristo, junto con sus hijos”. El sacramento del bautismo se administra a los adultos por profesión de fe en Cristo, y ante la presunción de que son verdaderos creyentes, verdaderos miembros del cuerpo de Cristo. Se les bautiza sobre la base de una presunción Yeniset baptismhumana. Sobre el mismo principio, el sacramento del bautismo se administra a los hijos de los creyentes. Como herederos legítimos de las promesas del pacto, se presume que son aquellos a quienes Dios dotará con Su gracia salvadora. Se les trata sencillamente como perteneciente a la clase de personas a quienes estamos obligados a considerar como dentro del pacto de las promesas y privilegios. Es absolutamente básico comprender que toda admisión a los privilegios de la iglesia visible, toda administración de las ordenanzas sacramentales dentro de la estructura de la iglesia visible, es sobre el principio de presunción; no sobre un conocimiento infalible. Como B. B. Warfield tan claramente dedujo : tan pronto como sea comprendido claramente que bautizarnos basados en una presunción y no sobre un conocimiento, es inevitable que bauticemos a todos aquellos de quienes, por alguna razón, tengamos una presunción fundada de que pertenecen al pueblo de Dios, y esto seguramente incluye a los niños de los creyentes. Ellos están comprendidos en esa clase general de personas que gozan de los privilegios de la iglesia visible, su culto y su comunión, su instrucción y los medios de gracia. Ellos están, con toda seguridad, entre los que Dios encarga a Su iglesia considerar y tratar como dentro de sus límites, y bajo su vigilancia y cuidado.

LOS SACRAMENTOS DE AMBOS TESTAMENTOS COMPARADOS

  1. Al lado de los sacramentos [circuncisión y Pascua] Israel tenía otros muchos ritos simbólicos, ordenanzas no sacramentales, como las ofrendas y las purificaciones: en tanto que los sacramentos del Nuevo Testamento se mantienen absolutamente solos. No hay ya más necesidad de tipos, porque ha venido Cristo, el Gran Arquetipo.
  2. Los sacramentos de ambas dispensaciones son provisionales. Sin embargo, los sacramentos de la antigua dispensación estuvieron en vigor hasta la venida de Cristo en Su primer advenimiento, mientras que los de la nueva dispensación están en vigencia desde la resurrección de Cristo hasta Su retorno en Su segunda venida. Entonces las promesas contenidas en el pacto se habrán cumplido, y no tendrán más necesidad de ser representadas y certificadas por ordenanzas sacramentales.
  3. Los sacramentos de la antigua dispensación señalaban hacia la venida de Cristo, y fueron señales de la gracia que subsecuentemente habría de obtener a través de Su muerte resurrección. Los sacramentos de la nueva dispensación señalan, en forma retrospectiva, la obra cumplida de Cristo. Estas dos señales son apropiadas a sus respectivas dispensaciones.
  4. Los sacramentos de la antigua dispensación eran sangrientos, anticipando el sacrificio del Salvador. Pero los de la nueva dispensación no lo son. La circuncisión implicaba el derramamiento de sangre, y la Pascua era un sacrificio sangriento. La sangre del pacto eterno ha sido derramada, una vez por todas, en el sacrificio del Señor Jesucristo, el Cordero del Calvario. Ahora ya no hay más derramamiento de sangre en las ordenanzas sacramentales de la iglesia.
  5. En el llamado único de Israel, los sacramentos tenían un aspecto nacional a la vez que espiritual. Esto era lo apropiado, puesto que Dios llamó a Israel para formar una teocracia, una iglesia en una nación. Pero estas bendiciones nacionales y materiales tienen carácter adicional e incidental respecto a las más fundamentales y permanentes bendiciones espirituales. Lo que era fundamental y esencial se retuvo en los sacramentos de la nueva dispensación.
  6. Las bendiciones de la antigua dispensación, como se representan por las ordenanzas sacramentales, fueron sucedidas por bendiciones mucho más grandes en la nueva. Esto está en completo acuerdo con la abundancia de gracia disponible desde la muerte, resurrección y ascensión de Cristo, y el don del Espíritu Santo a la iglesia.

Los padres obran en representación de su hijo cuando hacen que se cumpla el rito de la circuncisión. El niño contrae por ellos la obligación del pacto. Los padres, de ese modo, reconocen su propia responsabilidad y expresan su fe en que Dios cumplirá en esos hijos Sus promesas del pacto. Es obvio que por ningún acto personal de ellos puedan los hijos infantes de los creyentes llegar a apropiarse de los privilegios de la iglesia, de la misma manera que sus padres. Existe sin embargo, el principio familiar de representación, como consecuencia del cual los infantes, en ciertos casos y para ciertos fines, son considerados uno con sus padres, y por este parentesco llegan a tener derecho a los privilegios de sus padres. Vemos este principio representativo en la sociedad civil, cuando como consecuencia de ser contados con sus padres, los infantes se hacen miembros de la sociedad civil de la que el padre es miembro, y su posición civil es la misma que la de él. Vemos este principio en la providencia de Dios, porque por virtud del parentesco con su padre, los hijos heredan sus características. La herencia no es algo que los hijos elijan. Así, también, los hijos son hechos uno con el padre en la culpa y castigo de su pecado, participando de su naturaleza pecaminosa. Ya hemos estudiado el principio de la imputación, y también el principio de la relación de los padres como vehículo de la gracia de Dios. Parece claro, entonces, que Dios trata con los hijos infantes sobre el principio representativo, cuando aún no puede tratar con ellos por el principio de la responsabilidad personal. Dios formó su iglesia visible para incluir a los hijos infantes de los creyentes, así como a los creyentes mismos, y lo hizo, no en conexión con algún posible acto personal de losDavid baptism infantes, sino en conexión con el acto de sus padres. La membrecía del padre se tenía en cuenta para los hijos, y la circuncisión del padre daba derecho al infante para ser circuncidado también. El hijo crece llevando la marca del pacto, la señal y el sello de la misericordiosa promesa de Dios para él. Al recordar siempre que es un hijo del misericordioso pacto, se enfrenta con el requerimiento de que él cumpla sus obligaciones. También se le recuerda que sus propios hijos nacerán sin la relación del pacto, y que ellos también tendrán que llevar la señal y cumplir las obligaciones. El pacto de relación del hijo, primero ratificado por los padres cuando sometieron a sus hijos a la señal y al sello, más tarde ha de confirmarlo el hijo cuando esté capacitado para expresar verdadero arrepentimiento y fe. En Israel, siempre que un niño repudiaba por sí mismo el pacto, se le excluía tanto de la familia como de la congregación.

Nuestro Señor cumplió el pacto de sangre de la redención cuando derramó Su sangre preciosa en el Calvario. De acuerdo con Hebreos 13: 20 fue “la sangre de un pacto eterno”. Como nuestro Representante, El llevó la marca del pacto en su propio cuerpo, y El mismo dijo: “La circuncisión no es de Moisés, sino de los padres”. En otras ocasiones, en Su propia circuncisión, El no estaba cumpliendo la Ley sino el pacto hecho con Abraham y su posteridad. Pero identificándose más El Mismo con el pueblo por la circuncisión (y más tarde con el bautismo de Juan para arrepentimiento), Jesús se preparó a Sí mismo para instituirse como su Representante. Como tal fue al Calvario y allí cumplió el pacto en Su propia sangre. Hay una lección profundamente instructiva en un pasaje poco comprendido en Éxodo 4 que habla de la falla de Moisés al no circuncidar a su propio hijo. La ira de Dios se inflamó contra Moisés. Éxodo 4: 24-26 dice: “Y aconteció en el camino, que en una posada le salió al encuentro Jehová, y quiso matarlo. Entonces Séfora cogió un afilado pedernal, y cortó el prepucio de su hijo, y echólo a sus pies, diciendo: ‘A la verdad tú me eres un esposo de sangre’. Así lo dejó ir luego”. Si la sangre de la circuncisión no hubiera sido derramada, entonces se hubiera requerido la sangre de Moisés. La señal y el sello del pacto no eran asuntos de poca monta. El hombre puede dar por hecho que puede prescindir de ellos; pero es, de cualquier manera, una orden divina. La ignorancia es una cosa, pero los padres que conocen la verdad del pacto, no deben despreciar o considerar a la ligera sus privilegios y obligaciones.

Entre otras cosas, la circuncisión señala la impureza de la naturaleza humana debida al pecado, y especialmente la impureza que se transmite del padre al hijo. El pecado reside en la naturaleza del hombre caído. La circuncisión enseñó que la descendencia física de Abraham no era suficiente para hacer verdaderos israelitas. La propagación no es un proceso pecaminoso como tal, pero su producto lo es. Es decir la naturaleza humana es inmunda desde su propia fuente, y la naturaleza humana no puede llegar a existir sin la mancha del pecado de los padres. Una de las inducciones es que mientras que Dios ha prometido un Redentor, y que ese Redentor debe ser tanto hombre como Dios con el propósito de ser Representante del hombre, la naturaleza humana es incapaz de producir la Semilla prometida. Así la circuncisión fue la señal y el sello de un hecho extremo, a saber, que Dios estaba comprometido por una promesa del pacto a proporcionar de entre la raza esa Semilla redentora, ya que la naturaleza humana no podía producir esa Semilla. La solución divina a este problema palpable se presenta con el nacimiento virginal de Cristo.

Es importante reconocer que la circuncisión se efectuaba, normalmente, sólo en los hijos infantes. La circuncisión de adultos se realizaba sólo en los prosélitos o conversos, como los llamaríamos, y esto era relativamente raro. No eran herederos legítimos del pacto, y cuando eran considerados dentro del pacto por aceptar la fe de Israel, particularmente la fe en el Redentor por venir, entonces, como adultos conversos, se les certificaba por la circuncisión. El mismo principio se sostiene en la dispensación cristiana. Hay bautismo de hijos infantes de creyentes como normalmente se administra en las Iglesias Reformadas. Hay también el bautismo de adultos conversos que entran a la relación del pacto y a la iglesia visible, como la comunidad del pacto, por la fe en el Señor Jesucristo.

¿Por qué a Abraham se le exigió creer para recibir la señal, cuando que su hijo Isaac la recibió antes de estar capacitado para creer? Sencillamente, porque el adulto que no es miembro del pacto debe primero conocer y creer para entrar en él y recibir su señal. Y puesto que Abraham fue el primero con quien Dios entró en el pacto de relación e impuso una señal del pacto, la fe de Abraham tenía que preceder a la señal. El tuvo que llenar los mismos requisitos que ahora se aplican a los adultos conversos. Pero Isaac estaba en la misma posición de todos los niños nacidos en familias del pacto. Como heredero de la familia del pacto era elegible para recibir la señal. No hay que equivocarse; la única base para el bautismo de los infantes y de los adultos, por igual, es su relación al pacto de gracia. Para los adultos conversos el bautismo sigue a la fe, y es la señal y el sello que representan y certifican esa fe. Para los hijos infantes de los creyentes, sin embargo, el bautismo precede a la fe, es la señal de que ellos son herederos del pacto de la promesa, y significa que es el medio de gracia para traer ese niño a la fe en Cristo. Los que niegan el bautismo de los niños, tienen consistencia sólo si niegan también la circuncisión de los niños del pacto antiguo. Cualquier argumento empleado en contra del bautismo de los niños puede aplicarse, con igual fuerza, a la circuncisión de los niños. Sin embargo, la práctica del Antiguo Testamento ratifica la práctica del Nuevo Testamento. Se puede ver la falacia al argüir que el bautismo de los niños es una necedad porque el niño no sabe lo que está ocurriendo. Esta objeción pone en tela de juicio la sabiduría y las instrucciones de Dios. ¡Pues si es necedad rociar un poco de agua sobre la cabeza de un niño en un rito de pacto, es entonces criminal mutilar a un niño, por la circuncisión, en un rito de pacto! ¡Concedido que el niño no sabe lo que está ocurriendo o por qué, pero los padres sí saben! ¡Y Dios también! Y en los años venideros el niño lo sabrá. Nadie discutirá que el Antiguo Testamento enseñaba: la circuncisión “de sólo los creyentes”. Asimismo debe verse, que mientras el Nuevo Testamento enseña el “bautismo del creyente”, no enseña el “bautismo exclusivamente del creyente”. La inferencia del Nuevo Testamento se basa sólidamente sobre hecho y principio del Antiguo Testamento. La única conclusión lógica de que es el mismo principio y práctica debe sostenerse verdadera en la nueva dispensación, a menos que haya una revocación expresa. Puesto que no hay tal revocación, la analogía entre la circuncisión y el bautismo la exige la doctrina bíblica del único pacto de gracia, y la identidad esencial de la iglesia a través de todas sus distintas dispensaciones, como comunidad del pacto de Dios. Es igualmente un argumento falaz que las Escrituras exijan la fe antes del bautismo. Las escrituras indudablemente requieren la fe y el arrepentimiento antes del bautismo—pero ¿para quién? ¡Para los adultos, naturalmente! De nadie más que de los adultos demanda la Escritura el arrepentimiento y la fe. No puede uno inferir que lo que se requiere necesariamente de los adultos, deba requerirse de los que no son adultos. ¡Esto no es lógico, sino ilógico! Es principio de lógica que, puesto que una conclusión se deriva de ciertas premisas, no debe exceder la conclusión a las premisas. Sobre este principio, las condiciones de bautismo requeridas a los adultos, sólo pueden provocar una conclusión que concierna a los adultos. Nadie puede probar lo erróneo del bautismo infantil, probando que el bautismo de los adultos sea correcto. Tal vez pueda ayudarnos una ilustración. La Escritura dice que “si alguno no quisiere trabajar que tampoco coma” (II Tesalonicenses 3: 10). ¡De hecho esto es un mandato! Pero aplíquese algo de la tan llamada lógica y véase lo que sucede. Los infantes no pueden trabajar. Por consiguiente, ¿no deben comer? Oh, no! ¿Por qué no? Porque esto obviamente no puede aplicarse a los niños. Pero ¿por qué no se puede? Porque esto no se aplica a quienes son incapaces de trabajar; y los niños infantes no pueden trabajar. Alguien puede insistir que no dice que sólo es aplicable a los adultos. Y nosotros debemos replicar que no es necesario que lo diga, puesto que se infiere obviamente. Así el mandato se limita por una deducción natural. ¿Es esto legítimo? Sí, naturalmente que lo es. Tomemos el caso correspondiente al bautismo.

El arrepentimiento y la fe son aplicables solamente a los que son capaces de arrepentimiento y de fe. Así, este requisito no tiene aplicación alguna a los infantes, pues no pueden arrepentirse ni tener fe. Los requisitos aplicables a los niños deben encontrarse en alguna otra parte. En otras palabras, de acuerdo con nuestro principio de lógica, si los niños infantes no están incluidos en la premisa, los infantes no pueden estar comprendidos en la conclusión. Debemos insistir en que las Escrituras que sólo pueden aplicarse a los adultos, no pueden usarse para quienes no son adultos. Puesto que este es un punto importante, consideraremos otra ilustración de la Escritura. Leemos en Romanos 2: 25: “Porque la circuncisión en verdad aprovecha, si guardares la ley; mas si eres rebelde a la ley, tu circuncisión es hecha incircuncision”. Ahora, lo ilógico sería proceder en esta forma: La circuncisión aprovecha si guardas la ley; pero los infantes no pueden guardar la ley, por lo tanto su circuncisión no les aprovecha absolutamente. ¡Qué ridículo! O tómese la segunda mitad del versículo y aplíquese el mismo sistema ilógico: Si eres un infractor de la ley, tu circuncisión es hecha incircuncision; pero los niños no pueden quebrantar la ley, por consiguiente su circuncisión no puede ser hecha incircuncision. ¡La misma falta de lógica puede probar, en el mismo versículo, que la circuncisión de los infantes es ambas cosas: nada y algo! La verdadera lógica exige que las condiciones del pacto aplicables a los adultos no deban aplicarse a los infantes. Las dos categorías de receptores, adultos e infantes, deben mantenerse separadas.

Es significativo, al considerar la transición de la señal de la antigua dispensación a la señal de la nueva, que la señal del pacto puede aplicarse ahora tanto a varones como a hembras. Esto no era posible en la antigua dispensación; pero no era necesario puesto que el varón, jefe en la familia, representaba espiritualmente a la familia. Cuando Pablo dice: “no hay varón ni hembra” lo hace en una sección dedicada a mostrar que las distinciones antiguas se habían eliminado, y que es parte de la enseñanza de los más amplios beneficios de la nueva dispensación. El culto ya no es función exclusiva del varón como cabeza del pacto de familia. Entre los muchos cambios en la administración del pacto bajo la nueva dispensación, está el de la administración de la señal y el sello del pacto igualmente para el hombre y la mujer. Debemos no sólo enfatizar el hecho de que los padres en el pacto asumen obligaciones en favor de sus hijos bautizados, sino que reciben también misericordiosas seguridades. Dios honra la fidelidad al pacto por parte de los padres, con Su propia fidelidad al pacto. El traerá a sus hijos a la fe en el Salvador y a la confirmación personal de su pacto de relación. Los hijos seguramente recibirán aquello que se prometió, si sus padres guardan sus votos del pacto y educan a sus hijos en el conocimiento del Señor y en Su Salvación. Según respondan los hijos a Dios desde sus primeros años, así se añade a la gracia.

moderacion de comentariosSILENCIO DEL NUEVO TESTAMENTO SOBRE EL BAUTISMO DE LOS INFANTES

Muchos discuten la validez del bautismo de los infantes sobre una sola base: el silencio del Nuevo Testamento en lo que se refiere a ilustraciones concretas. Tenemos unos pocos ejemplos de bautismos de familias aún por investigar; pero fuera de ellos el silencio del Nuevo Testamento parece ser un fuerte argumento. Sin embargo, el argumento del silencio es decepcionante; lo que parece que puede probarse por el silencio puede resultar justamente lo opuesto. Vamos a tratar ahora de probar que este puede ser precisamente el caso en el asunto del bautismo infantil. No son pocas las características doctrinales del Nuevo Testamento, cuyos principios descansan en el Antiguo Testamento y que dan enseñanzas específicas en el Nuevo Testamento, del todo innecesarias. Por ejemplo, la relación del pacto que incluye a los infantes es un principio establecido tan a fondo en el Antiguo Testamento como para no necesitar enseñanza específica en la nueva dispensación, a menos que sea para introducir alguna alteración. En otras palabras, a no ser que un estatuto expreso de revocación y prohibición del anterior privilegio se produzca, la conclusión natural e innegable es que el antiguo permanece vigente. Este es un principio básico en el estudio del Nuevo Testamento en todo lo que se relacione con el Antiguo Testamento. Y en lo que respecta al bautismo en particular, no hay una sola palabra que sugiera la revocación del principio establecido. En ninguna parte se sostiene que en el tiempo del Nuevo Testamento se haya establecido algún estatuto de limitación que alterara el carácter de la iglesia, como para restringirla sólo a la membrecía de los adultos. El silencio del Nuevo Testamento y la ausencia de cualquier revocación semejante, parecen ser prueba poderosa de la continuación del principio básico del pacto, que hace de los hijos de los creyentes, herederos de la promesa del pacto y de sus privilegios. ¡Esto ha sido siempre, y continuará siendo, el corazón mismo del tratado redentor de Dios con el hombre! El Antiguo Testamento estableció el principio, y el Nuevo Testamento provee suficientes pruebas de que este principio no ha sido abrogado. Esta parece ser una forma lógica de tratar el extenso cúmulo de evidencias de este tipo. Una manera más para evaluar el silencio del Nuevo Testamento, es considerar el hecho de que no hay ilustraciones de bautismo de adultos hijos de padres cristianos, educados por ellos en el hogar cristiano y traído al pacto. Tales casos ya podían haber sido posibles en la época en que se escribió el libro de los Hechos. La ausencia de tales relatos es evidencia suficiente de que no había, al parecer, bautismos de adultos que hubiesen crecido dentro de familias del pacto. Es de presumirse que habían sido bautizados cuando eran infantes. Todos los relatos del Nuevo Testamento son de bautismos de cristianos conversos. Todos estos eran adultos. En materia de bautismos de familias, no se sugiere que se haya excluido del bautismo a los que no hubieran alcanzado cierta edad. En ninguna parte se indica tal problema.

El libro de los Hechos bosqueja el programa misionero de la iglesia primitiva. Los conversos se multiplicaban y sin embargo, extrañamente, la cuestión de quién había de ser bautizado no ocasionaba ninguna dificultad notable. Pero supongamos que la nueva dispensación excluyera a los hijos de los creyentes, cambiando la posición que disfrutaban bajo la antigua dispensación. E imaginemos que este fuera el caso cuando las iglesias eran sólo los hogares, donde los hijos estaban al lado de sus padres, durante el tiempo de los cultos. Recuérdese que la iglesia se llamaba “el hogar de la fe”. Y recuérdese que la mayoría de los cristianos eran entonces judíos, que habían sido instruidos en todas las enseñanzas y prácticas de Israel. Ahora supongamos que, al hacerse cristianos, estos judíos pensaran que sus hijos perderían sus privilegios del pacto. El que los padres recibieran a Cristo significaría, automáticamente, una pérdida espiritual para los hijos menores en la familia. ¿Puede imaginarse por un momento, que semejante cosa pudiera ocurrir sin ninguna enseñanza específica en el Nuevo Testamento? ¿Y especialmente sin ninguna demanda o protesta de conversos o rabies? No obstante, no hay protesta alguna consignada, por la sencilla y suficiente razón de que no había tal desviación del principio establecido. Si esto significa algo, el silencio es evidencia de la continuidad del principio del pacto.

A modo de ilustración, podría decirse que no hay órdenes dadas para admitir a las mujeres a la Mesa del Señor; sin embargo, este es un derecho universal de las mujeres cristianas, porque se sostiene que es una deducción obvia. Desde el momento en que el Nuevo Testamento declara que no hay diferencia entre hombre y mujer en la nueva dispensación, y puesto que las mujeres han recibido la gracia salvadora y se les bautiza como tales, se infiere que también ellas tienen derecho a venir a la Mesa del Señor. Esta no es una concesión hecha sobre el principio de una orden explícita; es una concesión basada en el principio de la inferencia. Este principio es operante dentro de muchas consideraciones de la práctica del Nuevo Testamento, y es válido en la discusión del bautismo. Entresacamos tina cita de “Los Niños Para Cristo” del consagrado cristiano Andrew Murray: “Hay verdades que creemos y deberes que nos constriñen, para los cuales no hay un solo capítulo claro, ni un versículo que puedan ser citados. Tomemos nuestra santificación del primer día de la semana, en vez del séptimo, como lo requiere el cuarto mandamiento. Debido a que no hay mandamiento claro para el cambio, tenemos hombres que insisten en sostener que sólo ellos obedecen verdaderamente el mandamiento de Dios al guardar el séptimo día. Y tales servidores de la letra rehúsan escuchar o comprender la enseñanza del Espíritu en la Escritura, sobre la cual la iglesia, sin ningún mandamiento literal, funda la santificación del día del Señor. Así es, justamente, en lo referente a la cuestión entre el bautismo de los infantes y el de los adultos. Aunque no hay ningún mandamiento literal para bautizar a los pequeños, el estudio de la Palabra de Dios, como un todo, claramente da a conocer tanto la base sobre la cual descansa, como las razones por las cuales no se necesita un mandamiento literal sobre el asunto : que el Espíritu Santo guía a los hombres que se han entregado enteramente para seguirlo en aprendizaje y obediencia para encontrar en la Palabra de Dios la seguridad íntima de que el bautismo de los niños está de acuerdo con su voluntad”.

TESTIMONIO DE LOS PADRES DE LA IGLESIA PRIMITIVApadres-de-la-iglesia-8

Es significativo notar, en conexión con este estudio, que nueve de doce padres de los primeros 200 años D. C. se refieren al bautismo de infantes como la práctica de la iglesia de aquel tiempo primitivo. Esto establece un hecho histórico muy cierto. Cómo estos mismos padres hayan interpretado los hechos, es otra cosa, pues hubo muchos errores que surgieron dentro de la iglesia durante ese período. Ireneo fue discípulo de Policarpo, y Policarpo había sido discípulo de Juan el apóstol. Tal vez esto influya en el hecho de que Ireneo fue el primer gran teólogo bíblico, después de los apóstoles. Es difícil sacar cualquiera otra deducción de las declaraciones de Ireneo, en cuanto a que él creía que el bautismo de los infantes se había establecido mucho antes de sus días. El dijo: “Cristo vino a salvar por medio de Sí Mismo a todos los que por medio de El nacen de nuevo a Dios: infantes y niños, muchachos y jóvenes y viejos”. Qué tan completamente haya caído Ireneo en el error de la regeneración por el bautismo, es incierto. De Tertuliano se dice con frecuencia que había preferido solamente el bautismo de los adultos, y que había escrito en contra del bautismo de los infantes. Esta actitud perteneció a un período en el desarrollo de su teología y corresponde a los días en que él se oponía con mayor fuerza a las prácticas heredadas de la iglesia. Tertuliano confundió el poder del Espíritu Santo con el rito externo, exponiendo así una doctrina de regeneración por el bautismo. Esto causó que en determinado tiempo objetara el bautismo de algunos que no tenían suficiente edad para comprender todo su significado. Debe recordarse, sin embargo, que Tertuliano en ninguna otra ocasión refutó la práctica, y más tarde la reconoció y la aceptó. (De Anima, 39). Podemos estar seguros, dada la instrucción del hombre, de que si Tertuliano hubiera afirmado que el bautismo infantil había sido una innovación reciente, más bien que una práctica establecida hacía mucho tiempo, desde el tiempo de los apóstoles, ciertamente él no hubiera vacilado en utilizar tal hecho para convencer a sus contrincantes, durante el período de su oposición doctrinal.

Orígenes viene, tal vez, una generación después de Tertuliano. En su comentario sobre Romanos y en su décima cuarta homilía sobre San Lucas, sostiene el testimonio del hecho de que el bautismo ordinariamente se administraba a los infantes desde los tiempos apostólicos.

En “Diálogo con Trifón”, de Justino Mártir (132-140 D.C.), se enseñaba que el bautismo cristiano tomaba el lugar de la circuncisión y del bautismo de los prosélitos. De hecho, muy tempranas evidencias de que el bautismo cristiano se interpretaba como una circuncisión espiritual, se encuentran en la literatura clementina, especialmente en Las Predicaciones de Pedro, donde se ve que a los bautizados no se les permitía comer en la mesa común con los no bautizados ; regla que se aplicaba tanto a padres como a hijos. Esto claramente suponía el bautismo de los hijos, si ellos habían de vivir y comer en un hogar cristiano. Cipriano también igualó la circuncisión con el bautismo infantil. Discutió con un tal Fido sobre la oportunidad para aplicar el bautismo, y decidió que debía ser lo más pronto posible. Hipólito (215-217 D.C.) en la “Tradición Apostólica” relaciona el bautismo cristiano con el bautismo de los prosélitos, de tal modo que claramente abarca el bautismo infantil. El también afirmó que el bautismo infantil era apostólico. Las leyes de la iglesia primitiva hablan también del bautismo infantil (Testamentum Domini, 2: 8; la tan llamada Orden de la Iglesia Egipcia, 16: 4-6; los llamados Cánones de Hipólito, 19: 112-114, y las Constituciones Apostólicas, 6: 15. etc.). No hay evidencias, en parte alguna dentro de la iglesia primitiva, que pudieran sugerir que el bautismo infantil no fuese una práctica apostólica desde el mismo principio. Posteriormente Agustín declaró que ningún concilio ordenaba el bautismo de los infantes, sino que esta práctica había venido desde los tiempos apostólicos, añadiendo que él nunca oyó o leyó de alguien en la iglesia que sostuviera lo contrario. De modo significativo, ni en las controversias donatistas ni pelagianas se atacó al bautismo infantil. El error de la regeneración por el bautismo, fue una de las muchas falacias teológicas que se introdujeron durante el período de los Padres de la Iglesia. El error que ha prevalecido en la teología regular de la Iglesia Romana, de que el bautismo de los infantes quita el pecado original, tuvo sus raíces en las primeras deserciones a la enseñanza bíblica. Pero estos hechos no son base para sostener el cargo de que el bautismo infantil fuera la causa del error o el resultado del error. Esta generosa suposición puede llenar al propósito de aquellos que están buscando algún sostén para oponerse a la práctica; pero no bastará para los que insisten en una teología completa del pacto, de la iglesia, y de las ordenanzas sacramentales.

PARTE VIII: CAPACIDAD DE LOS NIÑOS PARA RECIBIR LA GRACIA SALVADORA

Los niños no necesitan llegar a la edad adulta para poder ser participantes de la gracia salvadora. Ellos pueden crecer en el entendimiento y la obediencia de la fe. En sus años tiernos se les puede llevar al conocimiento del Salvador. Desde sus primeros años puede enseñárseles que tienen un Padre Celestial, que ya ha extendido a ellos su gracia. Es posible que crezcan dentro de la educación cristiana, de manera que nunca puedan precisar en qué día empezaron a creer en el Señor, hasta donde su capacidad les permite. Esto no quiere decir que no haya épocas de duda y de rebelión;bautismo de infantes pero sí significa que con cada nuevo conocimiento de sí mismo y del pecado, y del Salvador y de su gracia, habrá una tendencia disciplinada hacia el arrepentimiento y la fe. El crecimiento de los hijos demostrará el resultado de la educación paterna en la fe. La fe de los hijos responderá al sello de Dios en su bautismo. Pues los padres les enseñarán que Dios los ha sellado con el propósito de que sean Su propiedad, y estos padres fieles estarán orando porque el pacto se cumpla. El que Dios cumpla fielmente su pacto será la petición principal de los padres, al orar en favor de sus hijos. Ellos descansarán en la promesa de Dios : “Mas la misericordia de Jehová desde el siglo y hasta el siglo sobre los que le temen, y Su justicia sobre los hijos de los hijos ; sobre los que guardan Su pacto, y los que se acuerdan de Sus mandamientos para ponerlos por obra” (Salmo 103: 17-18). No puede uno menos que preguntarse que si a la iglesia no se le estará haciendo perder tiempo precioso y energías, tratando de rescatar a los hijos de los creyentes, perdidos a causa del fracaso de los padres. Algunos padres, tal vez la mayoría, no han sido instruidos con propiedad en cuanto a sus responsabilidades y privilegios para con sus hijos. Ellos no saben cómo educarlos en la fe y en la práctica de la vida cristiana. Otros padres no conocen las promesas de Dios en su pacto, y por lo tanto no relacionan a Dios con su pacto. Otros no permanecen fieles a sus responsabilidades ante Dios. Hay necesidad en la iglesia actual de renovar la enseñanza del pacto, pues la fuente misma de vida de la iglesia depende de su cumplimiento en las vidas de los niños. No podemos equivocar las claras enseñanzas del Nuevo Testamento. Lejos de excluir a los niños de la iglesia visible, en cuyo seno han sido siempre nutridos, Cristo los llama “corderos de su rebaño”; los toma en sus brazos y los bendice; pone las manos sobre ellos; declara que cualquiera que recibe a uno de estos pequeñitos, en Su nombre, a El recibe; que el Reino de los Cielos les pertenece; y que sus ángeles siempre contemplan la faz de su Padre en los cielos. No hay una sola sugerencia de exclusión, o de que los hijos de los creyentes, cuando lleguen a la edad de comprensión y fe, deban entonces entrar en la relación del pacto en calidad de prosélitos y no de herederos. ¡No! Estos hijos están en la iglesia visible por derecho personal, teniendo un lugar legítimo en el pacto, y llevando la señal del pacto.

El padre de una familia da su propio nombre a sus hijos desde el momento en que nacen, y les prodiga sus cuidados sin haberles consultado. Ellos no pueden cambiar su nombre, ni rehusar el cuidado de su padre, sino hasta que hayan alcanzado la madurez legal. El Estado les da su nacionalidad a los bebés recién nacidos, y autoritariamente los coloca bajo su poder y protección sin que ellos puedan estar capacitados para expresar preferencia alguna sobre el asunto. Ellos pueden elegir otra nacionalidad y renunciar a la protección del Estado, pero no sino hasta que alcanzan la mayoría de edad legal. Así, por el principio de la vida, Dios tiene el derecho de incluir a los hijos infantes dentro de los lazos de su pacto de gracia redentora, y de colocarlos dentro de la esfera de Sus beneficios y privilegios, antes de que ellos sean capaces de tener conciencia de tales beneficios y privilegios. Y al hacerlo así, Dios impone a los hijos de las familias del pacto la más alta bendición posible. ¿Será Dios acusado por eso? ¡Dios está ejerciendo Sus prerrogativas de amor y de gracia! ¡Sus criaturas solamente pueden inclinarse en reverencia y adoración!

Los padres deben interesar a sus hijos y llamar su atención a las promesas del pacto progresivamente. Los hijos comprenderán, cada vez más, que son presuntos herederos de las bendiciones prometidas. Se inclinarán más a servir a Quien a Sí Mismo se ha declarado ser su Padre Celestial, aún antes de que ellos fueran capaces de entender o de elegir. Aprenderán a tener gratitud hacia El que los ha recibido ya como miembros de Su iglesia visible, desde el momento de su nacimiento. Así se convierte su bautismo en el principio por cuya instrumentalidad ellos responden a la fe, en los años posteriores de comprensión madura. Es un verdadero medio de gracia de Dios, usado en la educación de los hijos por los padres fieles. Para usar una ilustración tomada de la vida cotidiana, ¿quién podría decir que los derechos de un hijo, establecidos en el código civil y en las legislaciones concernientes a él, no le son provechosos porque él es incapaz de comprenderlos? Al contrario, están inscritos en la Ley para su bien y provecho inmediato, durante el tiempo en que no puedan comprenderlos! Despreciar esa legislación es atacar directamente al hijo y perjudicarlo en su condición humana. La misma verdad se aplica a los derechos espirituales que el bautismo sella para el niño. En este sentido, el bautismo es una señal de las obligaciones del pacto que Dios mismo impuso a los padres y a la iglesia, que es la verdadera madrina del niño.

El bautismo debe significar, tanto para los padres como para la iglesia, los derechos espirituales del niño. El hijo tiene derecho a la comunión con Cristo en cumplimiento de las promesas que se le han hecho. Tiene derecho a la ciudadanía en la iglesia visible con el pueblo de Dios, especialmente con aquellas personas que son sus propios padres. Tiene derecho a ser instruido en la Palabra de Dios. Tiene derecho de que se le conduzca a la fe en el Salvador. Tiene derecho a la obediencia de sus padres a sus obligaciones del pacto. Tiene derecho al ministerio fiel de la iglesia.

SUMARIO

Frecuentemente se oye decir a los padres: “Yo quiero dedicar a mi hijo a Dios; pero no deseo tomar la decisión por él”. ¡Debe ponerse en claro de inmediato que los padres, al bautizar a sus hijos, se consagran ellos mismos! Los padres reconocen que sus hijos pertenecen a Dios como herederos del pacto, y que Dios sólo les ha prestado esos hijos por un tiempo, para aceptarlos corno un depósito de Él.

Los padres responsables deben tomar muchas decisiones por sus hijos en sus tiernos años; decisiones que influirán en todo el resto de su vida futura. Los mandan a la escuela quieran o no quieran ir. Ellos deciden lo que comerán, lo que usarán, lo que leerán, etc. ¡Cuán importante es que la relación más elevada de todas sea decidida y guiada por la autoridad, el entendimiento y el amor paternales! Sin embargo, debe comprenderse que al presentar a un niño para el bautismo, no se está haciendo una decisión realmente por el sino reclamando una bendición para él. Dios ha hecho ya la decisión de la relación del pacto, colocando al niño en un hogar creyente. Los padres sólo reclaman esa bendición, que ya es de los niños por derecho de nacimiento. Los padres serían irresponsables y culpables de pecado contra el niño si rehusaran reclamar cualquiera bendición que le perteneciera por derecho divino de nacimiento. Si el niño fuera heredero de unos bienes, seguramente los padres no los arriesgarían diciendo: “Yo no decidiré por él; sino que esperaré y veré si él quiere o no esas riquezas”. Ahora, si el niño rechaza más tarde la herencia, los padres, al menos, habían asegurado responsablemente para él el derecho de esa elección. Ellos habían, al menos, reclamado esa bendición para él. Habrían firmado los debidos documentos para reclamar los beneficios del legado, y habrían dado los pasos necesarios para guardar bienes en depósito. Así el niño comenzaría a recibir los beneficios del pacto inmediatamente. Debe enfatizarse que la significación original del bautismo no es que los padres consagren a sus hijos, sino más bien que reconozcan que Dios ha hecho algo por sus hijos. ¡Realmente, los hijos son los bautizados y los padres son los consagrados!

Hemos llegado al fin de la evidencia cuya exposición ha sido el propósito en este estudio. Hemos examinado la enseñanza de la Biblia, como está expresada, en mandatos directos, analogías, inferencias y deducciones. Hemos visto que la Biblia enseña el “bautismo de los creyentes”, pero que no enseña “solamente el bautismo de los creyentes”. No se puede probar que el bautismo de los infantes sea erróneo, probando que el bautismo de los creyentes es correcto. El justo manejo de la evidencia requiere hacer una diferenciación entre los receptores adultos del bautismo, y los infantes que lo reciben. Unos están en el pacto por fe, solamente; los otros por derecho de nacimiento, aunque el heredero deba más tarde, confirmar ese pacto de derecho por nacimiento, con un acto de fe personal en Cristo. Hay diferentes condiciones y diferentes beneficios inherentes a estas dos clases de receptores. En el caso de los herederos infantes, el bautismo es una señal y un sello de la promesa de Dios; un medio de gracia que Dios usará para traer los niños a la fe. En el caso de los adultos conversos, no procedentes de familias del pacto, el bautismo es una señal y un sello de la promesa redentora de Dios cumplida para su experiencia. El principio del pacto de la gracia está establecido en el Antiguo Testamento, perfeccionado en el Nuevo, y es la base única del bautismo, tanto para adultos conversos como para los hijos de los creyentes. La iglesia es la comunidad del pacto, compuesta por los que han recibido la señal y el sello del pacto. El bautismo, en el Nuevo Testamento, es el sucesor de la circuncisión en el Antiguo. El bautismo es la señal más general, que apropiadamente representa una esfera más amplia de sentido espiritual que la que tenía la circuncisión. Las responsabilidades, como los privilegios de los hijos bautizados, son más grandes que las de los hijos de familias que no son del pacto. El bautismo no es solamente una señal y un sello, sino también un medio de gracia empleada por Dios para cumplir Su propósito de salvación, en las vidas de los hijos que han sido fielmente educados por sus padres, para comprender y amar las cosas de Dios. El silencio del Nuevo Testamento confirma que los principios del pacto, establecidos en el Antiguo Testamento, no han sido abrogados en el Nuevo. Estas y otras consideraciones nos conducen a afirmar, con toda confianza, lo correcto del bautismo de los hijos infantes de los creyentes. Déjese a los que tan fácilmente niegan el derecho a los hijos infantes, basar su negativa en argumentos que sistemáticamente restan valor a los temas y pasajes que aquí se exponen. Y que aquél que todavía no puede aceptar la postura expuesta aquí, guarde una mejor actitud de amor y respeto, en vista de nuestro intento de adherirnos a una exposición sistemática de las Escrituras. El bautismo no es un asunto simple y carente de complicaciones. Algunas de las ramificaciones han sido exploradas; quizá se haya dejado sin reconocer alguna de importancia principal. Que cada estudiante se convenza, no por el prejuicio de su denominación cristiana, sino por la evidencia de la Palabra de Dios según llegue a su propia mente y corazón.

*(Copiado extractadamente, sin alteración del original, del libro: “Bases bíblicas para el bautismo de infantes” de D.H. Small)

familia13En tiempos del Imperio Romano, cuando un hijo venia al mundo tenían la costumbre de poner el bebe envuelto en sabanas a los pies del padre, como señal de sumisión, si el padre tomaba en sus brazos al niño era señal de que era aceptado, entonces se le daban todos los cuidados en casa, pero si el padre al ver al niño daba media vuelta y se marchaba, el niño era echado a la calle a que muriera o fuera tomado por cualquiera, pues su padre lo rechazaba. Muchos bebes rechazados eran tomados por extraños que los criaban hasta la edad adolescente, los varones eran vendidos como esclavos, las hembras eran vendidas como prostitutas. Un concepto totalmente humano de la paternidad, por eso era tan terrible.

Ser padre es una bendición de Dios y un privilegio, pero también una gran responsabilidad. Dios también nos enseña como El quiere que sean los padres con sus hijos. Si los padres provocan la ira en sus hijos, y estos pecan debido a eso, los padres tienen una cuota de culpabilidad en ese pecado. Una de las cosas que mas se ha confundido hoy en día es lo que es corregir y disciplinar a los hijos con el abuso infantil. ¿Donde esta la linea divisoria entre disciplinar un hijo y abusar de el? Esa linea la pone la Palabra de Dios. Tan negativo es pasarse como quedarse corto. Somos llamados a hacer las cosas como deben hacerse para que el resultado sea benéfico para todos. Es importante entender que no es la Psicología la base de la crianza de los hijos, sino la Teología. El concepto que tengas de Dios y de la familia repercute en como se crían los hijos.

En este mensaje de la Palabra de Dios se explica lo que Dios ha mandado sobre la crianza de los hijos. Se expone en dos puntos principales, que son dos caras de una misma moneda, la cual es la crianza de los hijos. Estas dos caras de la moneda son:

1.- No provoques la ira en tus hijos para que no pequen y tu lleves una cuota de responsabilidad por ese pecado. No hace falta gritar para disciplinar a los hijos.familia12

2.- Criarlos en la disciplina y amonestación del Señor. Ellos van a ser puestos, no bajo la ley de los padres, sino bajo la ley de Cristo. Los padres solo hacen cumplir la ley del Señor en el hogar.

Es nuestra oración que este mensaje sea de bendición a muchos padres en la crianza de sus hijos.

Mensaje predicado por el Rev. Alejandro Cid, pastor del Ministerio Hispano de la Iglesia Presbiteriana de Old Cutler.

Les invitamos a nuestros cultos, estamos en el 14401 Old Cutler Road, Palmetto Bay, FL (esquina de la 144 street y Old Cutler Road) Horario: 11:00 am en “David Chapel” Les esperamos!!

familia8“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos…” (Efesios 5:22). Esta es una frase que horroriza a las mujeres, como también horroriza a muchos escuchar que en la iglesia no debe haber pastoras, y que la mujer no puede predicar ni enseñar en la iglesia ni tampoco tener cargos de autoridad sobre los hombres. Nada de eso lo invento el apóstol Pablo, ni la iglesia presbiteriana, que la mujer se someta a la autoridad de su esposo viene directo de Dios. Que la mujer debe estar bajo autoridad y no en autoridad, viene de Dios. ¿Es machista Dios? Cuando se entiende biblicamente, que la mujer se someta a la autoridad del esposo no es nada para alarmarse. Todos estamos sujetos a alguien en la vida. Los empleados a sus jefes. Los soldados a sus superiores. Los jugadores de un equipo deportivo al capitán del equipo y al entrenador. Los hijos estamos sujetos a los padres en nuestra primera etapa de la vida. Los miembros de la iglesia deben estar sujetos a sus pastores, y a la misma vez todos estamos sujetos a la autoridad de Cristo, por lo tanto, decir que la esposa este sujeta a la autoridad de su esposo el cual ha sido llamado por Dios a ser cabeza de la familia no debe alarmar a nadie, sin embargo, es una frase que molesta a mas de una. La relación del esposo y la esposa es única y especial.

Si causa horror el que la mujer debe someterse a la autoridad del esposo, debe causar mas horror saber que aquella familia7mujer que no se someta a la autoridad de su esposo esta en abierta rebeldía y desobediencia a la voluntad de Dios. En este mensaje de la Palabra de Dios se entiende correctamente como debe ser la sujeción de la esposa a la autoridad de su esposo, y se explica biblicamente en tres puntos principales:

1) La esencia de la sujeción

2) El móvil de la sujeción

3) La razón de la sujeción

Predicado por el Rev. Alejandro Cid, pastor del Ministerio Hispano de la Iglesia Presbiteriana de Old Cutler. Te invitamos a nuestros cultos, estamos en el 14401 Old Cutler Road, Palmetto Bay, FL, domingos a las 11:00 am, te esperamos!